EL DIABLO FUMA…

 Pero el malviaje es nuestro.

Malviaje es como se le conoce a la infortunada experiencia provocada a raíz de una sesión con sustancias psicotrópicas. En El Diablo Fuma (Y Guarda las Cabezas de los Cerillos Quemados en la Misma Caja), no hay sustancias psicotrópicas, no hacen falta. Su guion, su puesta en cámara, su elenco y sonido, son los provocadores de este gran malviaje —En todo el buen sentido de la palabra—. Pues en los 97 minutos de experiencia fílmica, el espectador no dejará de “malviajarse” ante esta asfixiante e insólita película. El malviaje es parte de la experiencia, pero no la única. Todo amante de lo verde lo sabrá con certeza. Y también el malviaje es diferente para cada persona. Para algunos, el malviaje es paranoia, voces susurrando al oído, sombras que atraviesan las paredes. Para otros, el malviaje es angustia, camino eterno, burla del espacio-tiempo, horas que no terminan, gentes que no llegan. Para Ernesto Martínez Bucio, director de la película, el malviaje es una casa asfixiada, recuerdos corales, coléricos y la infantil mirada que inevitablemente voltea a lo mágico.

La película nos sitúa en el Distrito Federal de mediados de los noventa. Cuenta la historia de cinco hermanos, de entre 6 y 14 años, quienes vivirán sucesos extraños, dignos de cualquier pesadilla, a raíz de la desaparición de su madre, y del abandono de su padre en busca de ésta, quedándose solos bajo la supervisión de una abuela esquizofrénica quien dice escuchar al diablo entrar por las noches.

Pronto, la psique de la abuela irá contagiándose en el grupo de niños. Será a través de ritos fantásticos, como el ofrendar un diente de leche o el rezarle al diablo, que los niños conectarán con el mundo mágico en el que transitan los habitantes de México. Es, según uno de los niños, a través del diablo, que obtienen unos tenis nuevos. Cada niño obtiene un par de tenis y este chiquillo asegura que se los pidió al mismísimo Satanás, tratando estos ritos como cualquier niño lo haría, a través del goce y el juego.

Fuera de la casa, a lo lejos, en el mundo que existe detrás del televisor, el Papa Juan Pablo II recorre México, en una de sus tantas visitas al país. Una de las niñas lo espera con ansía. En él encuentra una especie de salvador, el que llegará a poner las cosas en orden. Pero este Papa nunca llega y, cuando lo hace, los chiquillos pierden todo el interés.

Ganadora en la Berlinale 75, la ópera prima de Ernesto Martínez Bucio ha sorprendido a críticos y a públicos, pues desde el primer minuto sumerge en su encierro. Contada de una manera angustiante, El Diablo Fuma… construye una tensión palpable, desconcertante, que mantiene a quien la vea expectante ante el misterio, lo sobrenatural, que parece se desbordará sobre las paredes de la casa.

Y, sin embargo, ese desborde no llega. Justo como en una buena pesadilla, la tensión va en crescendo sin toparse con ningún techo. Los guionistas han declarado que más que una película, lo que ellos construyeron en la ficción, fue una serie de recuerdos, de vivencias conectadas a través de las sensaciones —de hecho, el director, antes de iniciar la película, pide que no tratemos de comprender, sino de absorber la obra a través de los sentidos—.

En El Diablo Fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja) la guionista, Karen Plata Luna, recuerda a su longeva abuela, quien habla con personas que no están ahí, así como la cólera que azotó a México en una época importante para su niñez. De ella se saca el pozo de agua, así como las gallinas que acompañan a la familia. El coguionista y director, Bucio, también recuerda a su madre, a sus hermanos y a estas sensaciones mágicas que no sabe bien cómo nombrar.

Sensaciones mágicas con las que convivimos —nuestros mitos, dioses y creencias, las libertades creativas que concedemos a la vida, flora y fauna— en este territorio cultural que es México, y que captura Odei Zabaleta a través de su lente y de una puesta en cámara casi documental, estresante, que da fe y legalidad a los sucesos ocurridos en los recuerdos de esos chiquillos en aquel verano noventero, con una abuela esquizo, un par de padres desaparecidos, una cólera inacabable y un diablo que fuma… y nos malviaja… y después guarda las cabezas de sus cerillos quemados en la misma caja.

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