– por Por Rocío Muñoz
@Rocio_ML_
«Dadme al hombre y yo encontraré el delito». Ambientada en la Gran Purga soviética de 1937, Dos fiscales, primer largometraje de ficción de Sergei Loznitsa y adaptación de la novela homónima de Georgy Demidov, sigue a Alexander Kornev, un joven fiscal que decide denunciar las torturas cometidas por la NKVD (predecesora de la KGB) tras recibir la carta desesperada de un prisionero.
Lo que podría entenderse como una búsqueda de justicia se revela pronto como algo más inquietante: no asistimos a un error del sistema, sino a su correcto funcionamiento. En ese contexto, la pregunta deja de ser qué ocurrirá y pasa a ser cuánto tardará su protagonista en comprenderlo.
Con una fotografía desaturada y planos fijos en formato 4:3, Loznitsa nos encierra junto a Kornev en un entorno opresivo y decadente que inaugura con un plano de dos portones abriéndose, dándonos la bienvenida al horror. A partir de ahí se encadenan los silencios, los pasillos interminables, los espacios inhóspitos… y la frialdad que nos devuelve la pantalla termina generando sensación de asfixia a medida que descubrimos que la ley no parece un refugio, sino una emboscada.
Desde el primer momento el sistema desafía a Kornev. En una de las primeras secuencias es instado a esperar durante horas en un solitario despacho, poniendo a prueba su resistencia y perseverancia, algo que veremos repetirse en más ocasiones. Y casi como si nosotros fuéramos parte de la misma experiencia, el director nos traslada esa espera desesperante en forma de metraje pausado, tedioso por momentos.
Ese ritmo parsimonioso solo se ve alterado por otro de los puntos fuertes de la película: los diálogos. Las largas conversaciones, siempre envueltas en un halo de tensión y desconfianza, son vibrantes y precisas. Especialmente reveladora es una de las dos que tienen lugar en el compartimento de un tren, cuando un anciano mutilado durante la Primera Guerra Mundial narra su encuentro con Lenin y expresa su fe en el «corazón de oro» de Stalin. La reacción de Kornev, que asiste al relato con los ojos cerrados, nos admite sin querer que hay una grieta entre su idealismo y la realidad que tiene de frente.
Otro detalle que tampoco parece casual es cómo, de manera reiterada, se alude a su soltería. En un régimen donde los vínculos personales sirven como mecanismo de control, la ausencia de ataduras convierte a Kornev en una anomalía imprevisible y peligrosa a ojos del sistema, porque solo le debe lealtad a sus ideas. De ahí que la aparición en escena de Andrei Vyshinski, el otro fiscal del título, se sienta como una advertencia sobre la fragilidad de las instituciones cuando la verdad se percibe como amenaza política.
Tras su premiado paso por Cannes y la Seminci, el debut en la ficción de Loznitsa es un sólido heredero de su vertiente documental, manteniendo intacta su afilada mirada sobre las vergüenzas del mundo. Así, Dos fiscales se convierte en el espejo incómodo de un presente donde los autoritarismos resurgen, recordándonos que cuando el Estado se erige como única medida de la moral, la justicia pasa a ser solo el nombre que el verdugo le da a su trabajo.