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AR7 - Después de la Tormenta Nota

Cocodrilos (2025): La pluma contra el plomo

COCODRILOS (2025):

LA PLUMA CONTRA EL PLOMO

“Año tras año, México se mantiene como uno de los países más peligrosos y mortíferos del mundo para los periodistas.”
— Reporteros Sin Fronteras

En México, la verdad se suele enterrar antes de ser escuchada. Como sociedad, nos hemos acostumbrado a una realidad aterradora: las mentiras pululan en el aire hasta que se vuelven costumbre, hasta que la mentira —repetida— se vuelve verdad ante los ojos desviados de una ciudadanía agachada y temerosa. ¿Cómo se ejerce el periodismo en un país donde informar puede costar la vida? ¿Hasta qué punto vale la pena luchar por las verdades? La verdad es una espada filosa, y pocos políticos o criminales salen ilesos de su filo. Por eso es urgente cuidar a quienes la empuñan —nuestros periodistas, nuestros investigadores— y comprender, como sociedad, que sin ellos no hay justicia ni memoria.

Cocodrilos, la nueva película de J. Xavier Velazco, enfrenta al espectador con estas mismas preguntas. Inspirado en realidades que hemos visto fuera de la pantalla, el director narra la historia de Amanda (Teresa Sánchez), una periodista asesinada por la investigación que estaba a punto de publicar. Antes de ser silenciada, alcanza a compartir su trabajo con su exalumno, ahora fotoperiodista, interpretado por Hoze Meléndez. Será él quien retome el hilo de esa pesquisa inconclusa, decidido a encontrar la verdad y, en el camino, vengar la muerte de su maestra.

Velazco construye un thriller policial que, más allá de su tensión narrativa, revela una paradoja brutal: en México, los periodistas son quienes hoy asumen el papel de los detectives, mientras las instituciones encargadas de impartir justicia permanecen manchadas de corrupción.

Pocos thrillers mexicanos logran sostener su verosimilitud en el terreno policial; aquí, la policía no tiene autoridad moral para protagonizarlos. Por eso Cocodrilos resulta tan potente, pues traslada el género al territorio del periodismo, donde la búsqueda de la verdad se convierte, literalmente, en un acto de resistencia. En un país donde la pluma se enfrenta al plomo, Velazco nos recuerda que cada palabra escrita puede ser igual de peligrosa que un balazo.

Santiago, el fotoperiodista interpretado por Meléndez, se ve sobrepasado por el peso de su investigación. En su intento por continuar el trabajo de su maestra, pronto descubre que la verdad también puede costarle la vida.

El director ha declarado que la historia nace de los sucesos ocurridos en su natal Veracruz, entre 2012 y 2015, cuando fueron asesinados los periodistas Regina Martínez y Rubén Espinosa. Ambos casos fueron archivados con explicaciones oficiales que rozan lo absurdo: se habló de “crímenes pasionales” o de “robos” malogrados. Esa impunidad institucional es la que resuena en Cocodrilos: la periodista Amanda, interpretada por Sánchez, es asesinada, y su caso es rápidamente cerrado bajo el mismo discurso de simulación.

Velazco señala que la misión principal de su película es no normalizar la violencia contra los espadachines de la verdad. Y yo creo que lo logra, pues en la pantalla ésto se traduce en una puesta en escena contenida, sobria, donde el silencio, así como la verdad, se va desentrañando poco a poco.

Velazco no busca el morbo ni la catarsis; filma la impotencia, la herida abierta de un país que ha hecho del miedo una rutina. La cámara, así temblorosa o frágil, nunca deja de grabar, persiste como una luz de fe en medio del horror. 

Si el periodismo es hoy una forma de heroísmo, el cine —cuando se atreve a mirar— se convierte en su espejo. Cocodrilos nos recuerda que la verdad puede morir, pero siempre habrá alguien dispuesto a filmarla de nuevo.

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¿Cómo se domestica la libertad?

TESIS SOBRE UNA DOMESTICACIÓN:

¿Cómo se domestica la libertad?

Rocío Muñoz

– Por Rocío Muñoz

Decía el político republicano Charles Evans Hughes que, cuando perdemos el derecho a ser diferentes, perdemos el privilegio de ser libres.

Vivimos en un mundo —y especialmente en una época— donde mostrarse como se es, si no se encaja en la norma, conlleva el riesgo de ser marginado, discriminado y, en el peor de los casos, ultrajado física y emocionalmente. Por eso el ejercicio de la autenticidad, de defender lo genuino, se antoja valiente. Y el éxito de lograrlo, pese a su apariencia de triunfo, también sabe a una libertad que nunca llega a ser completa, pues el temor a que cualquier día la sociedad te diga que tu modelo de vida, que tu cuerpo o tu identidad no son válidos, sigue presente incluso cuando creemos haberlo superado.

De esa libertad, de ese temor y de esa autenticidad habla Tesis sobre una domesticación, el largometraje basado en la novela homónima de Camila Sosa Villada, adaptado al cine bajo la dirección de Javier Van de Couter (Argentina, 1975), quien a su vez firma el guion junto a la propia autora y Laura Huberman.

Sosa Villada también protagoniza esta historia con una presencia y fuerza poderosas, ofreciendo una interpretación intensa y convincente. En ella da vida a una mujer trans —de la que nunca se nos da a conocer el nombre—, actriz reputada y de carácter indomable, que se ha levantado a sí misma en cuerpo y alma y que encuentra el amor en un atractivo abogado homosexual (Alfonso Herrera), con quien iniciará una relación muy carnal que, paso a paso, irá volviéndose más costumbrista.

Desde los primeros compases, Van de Couter define algunos de los elementos vertebrales del film: el uso de encuadres amplios, que enmarcan a la protagonista en entornos delimitados y ahondan en la sensación de enjaulamiento que poco a poco le irá consumiendo; y una puesta en escena minimalista, de aire sofisticado, que contrastará con las escenas rodadas en el pueblo natal del personaje, mucho más árido y sofocante.

El sexo es un elemento capital en el desarrollo de la historia. Mostrado desinhibido y salvaje frente a la cámara, funciona como una herramienta para celebrar el cuerpo, pero también como un método de liberación. Una especie de corte de mangas a su pasado; una reivindicación de que lo que un día fue cárcel hoy es libertad y de que lo que fue espacio de violencia ahora lo es de deseo y placer.

Convertida en un icono de la interpretación, al personaje de Sosa Villada no le falta ni éxito ni aceptación social, alejándose así de las estereotipadas historias marginales que tanto hemos visto ligadas a la identidad trans. No obstante, pese a la seguridad y rebeldía que exterioriza, lo cierto es que el peso de la normatividad la empuja a desear esa aprobación también en lo personal, buscándola en el cumplimiento del canon femenino tradicional: formar una familia.

Para ello, la pareja decide iniciar el proceso de adopción de un niño con VIH, cuya vida está marcada por la tragedia y por el estigma que constantemente le sobrevuela. Entre el menor y ella hay una conexión inmediata. Ambos se reconocen como individuos discordantes frente a la sociedad, señalados y repudiados por prejuicios. Animales heridos que, en distintos planos vitales, buscan encajar en algún lugar.

Sin embargo, lo que en apariencia debería ser un relato idílico de crecimiento personal, pronto se descubre como una trampa social. Al formar una familia, el mundo deja de verte como mujer para verte únicamente como madre. Tu individualidad desaparece, se domestica, opacada por el rol de cuidadora y esposa. Te ves obligada a despojarte del singular para abrazar el plural, y tus anhelos, deseos, ambiciones… dejan de tener cabida.

Las prioridades han cambiado y tú, que llevas toda tu vida luchando por poder ser libre, de pronto te encuentras atrapada en un ático de enormes cristaleras, junto a un hombre sexy, fogoso, que te quiere, y ese hijo por el que tanto has luchado. ¿Cómo te atreves a quejarte?

Tesis sobre una domesticación es una película tan directa como las últimas líneas de este escrito, imperfecta —como cualquiera de nosotros— y nada condescendiente, como la vida misma. Nos recuerda que formar parte de lo normativo no siempre nos da la felicidad, porque al final, la única senda que deberíamos seguir fielmente es aquella que late dentro de nosotras.

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Sorda, de Eva Libertad, o cómo aprender desde el privilegio

Sorda, de Eva Libertad,

o cómo aprender desde el privilegio

Rocío Muñoz

– Por Rocío Muñoz

Déjenme plantearles una pregunta: ¿cuál es el motivo por el que les gusta ver películas? Piénsenlo durante unos instantes y luego respondan. ¿Es porque les aportan un buen rato de entretenimiento? ¿Una distracción —y abstracción— de su rutina? ¿Porque les abre las puertas a otros mundos nunca antes explorados? ¿Porque buscan emociones intensas?

Puede que su respuesta sea solo uno de estos supuestos, una mezcla de varios o incluso otra que no he planteado. En cualquiera de ellos, estoy segura de que cuando se enfrentan a la pantalla en negro esperan que el viaje sea fructífero y, una vez concluyan los títulos de crédito, guardar la sensación de que el tiempo invertido ha reportado algo de valor.

Ese, precisamente, es el poso que deja una cinta como Sorda, la ópera prima de Eva Libertad. Un valor incalculable en tanto que ofrece un aprendizaje no tan sencillo de obtener si no fuera por ese arte mágico al que llamamos cine.

Para quien escribe estas líneas, la respuesta a la pregunta que les planteaba al inicio es clara: me gusta ver películas porque muchas de ellas me invitan a explorar y reflexionar sobre realidades y sensibilidades que se me antojan lejanas. En el caso de Sorda, verla me descubrió cosas que nunca antes me había cuestionado y me hizo entender mejor mi privilegio como persona oyente. 

La cinta que protagonizan brillantemente Miriam Garlo —actriz debutante y hermana de la directora— y Álvaro Cervantes es un ejercicio de divulgación desde la verdad más profunda. Ambos dan vida a Ángela y Héctor, una pareja que está a punto de tener a su primera hija. Ella es sorda, él es oyente, y lo que hasta ahora no les había supuesto ningún problema empieza a sentirse más complicado ante los nervios, incertidumbre e inseguridades de formar una familia.

Sorda no es la primera cinta que aborda este tema. Hace seis años Riz Ahmed fue nominado al Óscar a mejor actor por dar vida a un baterista que pierde su capacidad auditiva de manera fulminante en la muy recomendable Sound of Metal (E.E.U.U., 2019). Sin embargo, Sorda sí es la primera película protagonizada por una actriz no oyente, y mientras la cinta de Darius Marder ponía el acento en cómo adaptarse a una discapacidad sobrevenida, Eva Libertad explora cómo se adapta el mundo a quienes no nacen con las mismas capacidades. Y el resultado es desolador.

A través de Sorda tomamos consciencia de lo difícil que se lo ponemos a aquellas minorías que, tan humanos como cualquiera de nosotros, no tienen jamás las mismas oportunidades ni facilidades solo por no ser igual que el resto. Reflexionemos sobre esta frase porque, ¿quién lo es?

Ahí es donde Sorda logra el impacto, porque nos enfrenta a nuestro capacitismo interiorizado, fantásticamente representado en el personaje de Álvaro Cervantes. El actor interpreta a un hombre bueno, enamorado, comprensivo, pero con las limitaciones que su propia realidad le impone. Por muy buena voluntad que tenga, hay cosas que jamás podrá terminar de comprender y también hay reacciones que, pretendiendo ayudar, solo ahondarán más en la sensación de Ángela de no sentirse igual a los demás, de ser forzosamente dependiente.

Sorda plantea un debate que expone las costuras de una sociedad demasiado ensimismada y despreocupada de las realidades ajenas. ¿Puede una relación entre una persona oyente y otra sorda tener futuro? ¿Es suficiente el amor para sobreponerse a todas las diferencias? Preguntas complejas, cuyas soluciones se reconocen igual de complicadas. En la pareja vemos amor —la escena cocinando es una preciosidad—, pero también vemos cómo fuera de su núcleo el camino se llena de incompatibilidades: desde cómo gestionar las reuniones de amigos donde nadie utiliza la lengua de signos hasta cómo abordar la educación de su hija.

La niña, clave central del conflicto, es la grieta por donde se cuelan todos los miedos de Ángela. Ella, en su fuero interno, desea que la niña no nazca oyente para no sentirse descolgada de su vida, para tener una aliada. Él no lo explicita, pero se intuye que no desea que su hija atraviese todas las dificultades vitales de una persona sorda, con el correspondiente agravio para su pareja, que se siente inferior y desplazada.

Cada uno ve la situación acorde a su realidad, y ahí reside otro de los grandes aciertos de la película, que es capaz de no demonizar ninguno de los puntos de vista y hacernos entender a ambos. El último tercio de película está plenamente enfocado a que comprendamos cómo es vivir en la piel de alguien sordo y el trabajo que realiza la directora para ello no solo es efectivo, sino también un golpe que te deja noqueado al terminar la proyección.

Y es que Sorda, que ha sido precandidata por España para la próxima edición de los Oscars, es una película empática, honesta y sobre todo necesaria. Un debut que sabe a buen cine social sin dejar de lado los aspectos técnicos. Uno de los títulos españoles de la temporada y una cinta que nos recuerda por qué nos gusta tanto sentarnos en una butaca.

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AR8 Boletín

«Una Batalla tras Otra» cierra 8 años de cine en el sur

Festival de Cine en el Sur de Árbol Rojo culmina su octava edición con once días de cine, formación, galas y actividades en Chetumal, Bacalar y Cancún.

La octava edición del Festival de Cine en el Sur de Árbol Rojo llegó a su fin con una función de clausura encabezada por la proyección de Una batalla tras otra, la más reciente película del aclamado director Paul Thomas Anderson. La cinta, que actualmente se encuentra en estreno comercial, fue presentada gracias al respaldo de Universal Pictures, un gesto que Alejandro Silveira, director de Árbol Rojo A.C., calificó como “una muestra de confianza que fortalece el trabajo que realizamos en el Sur desde hace ocho años”.

La película clausuró once días de programación que, del 18 al 28 de septiembre, ofrecieron estrenos nacionales, conversatorios, actividades formativas y alfombras rojas en las ciudades de Chetumal, Bacalar y Cancún.

Por primera vez, se llevaron a cabo funciones de clausura simultáneas en las tres sedes. En el Cine Café de la Casa de la Cultura de Chetumal, se proyectó La eterna adolescente del director Eduardo Esquivel, precedida por un cortometraje producido por el talentoso chetumaleño Nahim Abuxapqui. En Bacalar, la pantalla se iluminó con Ladrón de perros de Vinko Tomicic Salinas, mientras que, en el Teatro Álamos de Cancún, el público disfrutó del cortometraje Esto no es venganza, presentado por su directora Malú Salinas en una sesión especial con espacio para preguntas y respuestas, seguido por la proyección de Cocodrilos de Xavier Velasco.

La programación del festival abordó temas de diversidad, género y derechos humanos, y contó con funciones especiales y galas que incluyeron la presencia de reconocidas personalidades como Blanca Guerra y Vanessa Bauche en Chetumal, Omar Chaparro y Denise Gutiérrez en Bacalar y Tessa Ia en Cancún. Además, se realizaron presentaciones con directores invitados como Indira Cato (Llamarse Olimpia), María Bello (Las Amazonas), Guillermo Véjar (La Puerta Verde) y Fernando Barreda (Café Chairel).

En el ámbito formativo, se impartió una master class sobre efectos visuales y las nuevas tecnologías a cargo de la casa productora APIX Films, y se llevó a cabo por segunda ocasión el Foro de Cine Mexicana, un espacio que reunió a mujeres profesionales del cine para dialogar y compartir sus experiencias en la industria.

La celebración de los 8 años de Árbol Rojo con el slogan «Infinito», fue presentado por APIX Films y más de 100 aliados comerciales e instituciones como el Instituto de la Cultura y las Artes de Quintana Roo, la Universidad Autónoma de Quintana Roo, la Secretaría de Turismo del Estado y el Consejo Quintanarroense de Humanidades, Ciencia y Tecnología, entre muchos otros.

Con una programación diversa, invitados especiales de la industria cinematográfica y una respuesta entusiasta del público, el Festival de Cine en el Sur de Árbol Rojo reafirma su compromiso con la promoción del cine como herramienta cultural y de transformación social en el sureste mexicano.

¡Somos el Festival del Sur!

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