Categorías
Nota

Dos fiscales: del sueño idealista a la vigilia del estalinismo

Dos fiscales: del sueño idealista a la vigilia del estalinismo

Rocío Muñoz

– por Por Rocío Muñoz
@Rocio_ML_

 

«Dadme al hombre y yo encontraré el delito». Ambientada en la Gran Purga soviética de 1937, Dos fiscales, primer largometraje de ficción de Sergei Loznitsa y adaptación de la novela homónima de Georgy Demidov, sigue a Alexander Kornev, un joven fiscal que decide denunciar las torturas cometidas por la NKVD (predecesora de la KGB) tras recibir la carta desesperada de un prisionero.

Lo que podría entenderse como una búsqueda de justicia se revela pronto como algo más inquietante: no asistimos a un error del sistema, sino a su correcto funcionamiento. En ese contexto, la pregunta deja de ser qué ocurrirá y pasa a ser cuánto tardará su protagonista en comprenderlo.

Con una fotografía desaturada y planos fijos en formato 4:3, Loznitsa nos encierra junto a Kornev en un entorno opresivo y decadente que inaugura con un plano de dos portones abriéndose, dándonos la bienvenida al horror. A partir de ahí se encadenan los silencios, los pasillos interminables, los espacios inhóspitos… y la frialdad que nos devuelve la pantalla termina generando sensación de asfixia a medida que descubrimos que la ley no parece un refugio, sino una emboscada.

Desde el primer momento el sistema desafía a Kornev. En una de las primeras secuencias es instado a esperar durante horas en un solitario despacho, poniendo a prueba su resistencia y perseverancia, algo que veremos repetirse en más ocasiones. Y casi como si nosotros fuéramos parte de la misma experiencia, el director nos traslada esa espera desesperante en forma de metraje pausado, tedioso por momentos.

Ese ritmo parsimonioso solo se ve alterado por otro de los puntos fuertes de la película: los diálogos. Las largas conversaciones, siempre envueltas en un halo de tensión y desconfianza, son vibrantes y precisas. Especialmente reveladora es una de las dos que tienen lugar en el compartimento de un tren, cuando un anciano mutilado durante la Primera Guerra Mundial narra su encuentro con Lenin y expresa su fe en el «corazón de oro» de Stalin. La reacción de Kornev, que asiste al relato con los ojos cerrados, nos admite sin querer que hay una grieta entre su idealismo y la realidad que tiene de frente.

Otro detalle que tampoco parece casual es cómo, de manera reiterada, se alude a su soltería. En un régimen donde los vínculos personales sirven como mecanismo de control, la ausencia de ataduras convierte a Kornev en una anomalía imprevisible y peligrosa a ojos del sistema, porque solo le debe lealtad a sus ideas. De ahí que la aparición en escena de Andrei Vyshinski, el otro fiscal del título, se sienta como una advertencia sobre la fragilidad de las instituciones cuando la verdad se percibe como amenaza política.

Tras su premiado paso por Cannes y la Seminci, el debut en la ficción de Loznitsa es un sólido heredero de su vertiente documental, manteniendo intacta su afilada mirada sobre las vergüenzas del mundo. Así, Dos fiscales se convierte en el espejo incómodo de un presente donde los autoritarismos resurgen, recordándonos que cuando el Estado se erige como única medida de la moral, la justicia pasa a ser solo el nombre que el verdugo le da a su trabajo.

Síguenos en nuestras redes

Categorías
AR7 - Después de la Tormenta Nota

Voces que iluminan el sur: Invitados del octavo aniversario de Árbol Rojo

La octava edición de Árbol Rojo fue una celebración marcada por el encuentro, la diversidad y la fuerza creativa del cine mexicano contemporáneo. En esta ocasión, el festival reunió a figuras que, desde distintos caminos y generaciones, han contribuido a construir el imaginario audiovisual de nuestro país. Entre ellos, cinco artistas de gran trascendencia: Blanca Guerra, Omar Chaparro, Tessa Ia, Vanessa Bauche y Denise Gutiérrez, quienes compartieron con el público su visión del arte, la actuación y el poder transformador del cine.

Blanca Guerra: una vida dedicada a la interpretación

Con una trayectoria que abarca más de cuatro décadas, Blanca Guerra es una de las figuras más respetadas del cine mexicano. Su paso por películas fundamentales como El imperio de la fortuna, Santa Sangre, La reina de la noche y Las oscuras primaveras la ha consolidado como un referente de fuerza y sutileza interpretativa. Durante su visita a Árbol Rojo, Guerra compartió su experiencia como actriz, productora y formadora de nuevas generaciones, reflexionando sobre los retos actuales de la industria y la importancia de seguir construyendo espacios para el cine independiente. Su presencia recordó el valor del oficio actoral como una forma de resistencia y memoria.

Omar Chaparro: el poder de conectar con el público

Desde su versatilidad en la comedia hasta su incursión en el drama, Omar Chaparro se ha consolidado como uno de los rostros más reconocibles del cine y la televisión mexicana. Con películas como No manches Frida, Como caído del cielo o Chaparreando, ha explorado múltiples registros y formatos. En Árbol Rojo, compartió con el público reflexiones sobre la responsabilidad de contar historias que entretengan pero también inspiran, así como la relevancia de llevar el cine mexicano a audiencias diversas, dentro y fuera del país. Su cercanía con el público y su energía escénica reafirmaron la conexión emocional que sostiene su carrera.

Tessa Ia: una nueva generación de sensibilidad y riesgo

Con una mirada fresca y comprometida, Tessa Ia representa a una generación de artistas que buscan expandir los límites del cine nacional. Reconocida por su trabajo en películas como Después de Lucía, Camino a Marte y Leona, así como por su faceta musical, Tessa ha construido una carrera que combina sensibilidad y valentía. Durante su participación en Árbol Rojo, compartió su experiencia en el proceso creativo, la búsqueda de personajes complejos y la necesidad de seguir abriendo espacios para las mujeres en la industria. Su presencia fue un recordatorio de que el futuro del cine mexicano se escribe con autenticidad y diversidad.

Vanessa Bauche: cine con conciencia y corazón

Actriz de profunda convicción y compromiso social, Vanessa Bauche ha sido parte de algunos de los títulos más emblemáticos del cine mexicano, como Amores perros, El violín y Las horas contigo. En su encuentro con el público de Árbol Rojo, habló sobre el papel del arte en la transformación social, el poder de la empatía y la necesidad de construir una industria más equitativa. Su voz, firme y sensible, resonó como una invitación a pensar el cine no solo como entretenimiento, sino como una herramienta para el cambio cultural y la sanación colectiva.

Denise Gutiérrez: una voz que une música y cine

Conocida por ser la vocalista de Hello Seahorse, Denisse Gutierrez se sumó a la celebración de Árbol Rojo para compartir una nueva etapa creativa vinculada al cine y la creación audiovisual. Su participación subrayó la relación entre la música, la imagen y la emoción cinematográfica, así como la importancia de los cruces entre disciplinas artísticas. Su presencia fue una muestra del espíritu abierto y colaborativo que caracteriza al festival: un espacio donde el arte dialoga con libertad.

Foro Cine Mexicana: mujeres que transforman la industria

En el marco del festival, se llevó a cabo el Foro Cine Mexicana, moderado por Andrea Rendón, que reunió a destacadas voces del cine nacional: Elena Fortes, Natalia Beristain, María Bello, Edna Campos, Cristina Velasco, Sara Hoch, María Mercader, Catalina Aguilar e Indira Cato . Este encuentro se consolidó como un espacio de diálogo sobre los retos y avances de las mujeres en la industria cinematográfica, abordando temas como la representación, la equidad laboral, la producción independiente y la sostenibilidad cultural. El foro reafirmó el compromiso de Árbol Rojo con la formación, la colaboración y la descentralización del cine mexicano, fortaleciendo la red de creadoras que impulsan una transformación profunda en la manera de hacer y ver cine en el país.

Con la presencia de estas figuras, el octavo aniversario de Árbol Rojo se consolidó como una plataforma de encuentro entre artistas, públicos y territorios. En cada conversación, función y encuentro, se reflejó el espíritu que ha guiado al festival desde su origen: un cine que nace del sur, que mira hacia dentro y hacia el mundo, y que encuentra en la diversidad su mayor fortaleza.

Árbol Rojo celebra ocho años de historias, de comunidad y de un amor infinito por el cine.

Síguenos en nuestras redes

Categorías
AR7 - Después de la Tormenta Nota

Cocodrilos (2025): La pluma contra el plomo

COCODRILOS (2025):

LA PLUMA CONTRA EL PLOMO

“Año tras año, México se mantiene como uno de los países más peligrosos y mortíferos del mundo para los periodistas.”
— Reporteros Sin Fronteras

En México, la verdad se suele enterrar antes de ser escuchada. Como sociedad, nos hemos acostumbrado a una realidad aterradora: las mentiras pululan en el aire hasta que se vuelven costumbre, hasta que la mentira —repetida— se vuelve verdad ante los ojos desviados de una ciudadanía agachada y temerosa. ¿Cómo se ejerce el periodismo en un país donde informar puede costar la vida? ¿Hasta qué punto vale la pena luchar por las verdades? La verdad es una espada filosa, y pocos políticos o criminales salen ilesos de su filo. Por eso es urgente cuidar a quienes la empuñan —nuestros periodistas, nuestros investigadores— y comprender, como sociedad, que sin ellos no hay justicia ni memoria.

Cocodrilos, la nueva película de J. Xavier Velazco, enfrenta al espectador con estas mismas preguntas. Inspirado en realidades que hemos visto fuera de la pantalla, el director narra la historia de Amanda (Teresa Sánchez), una periodista asesinada por la investigación que estaba a punto de publicar. Antes de ser silenciada, alcanza a compartir su trabajo con su exalumno, ahora fotoperiodista, interpretado por Hoze Meléndez. Será él quien retome el hilo de esa pesquisa inconclusa, decidido a encontrar la verdad y, en el camino, vengar la muerte de su maestra.

Velazco construye un thriller policial que, más allá de su tensión narrativa, revela una paradoja brutal: en México, los periodistas son quienes hoy asumen el papel de los detectives, mientras las instituciones encargadas de impartir justicia permanecen manchadas de corrupción.

Pocos thrillers mexicanos logran sostener su verosimilitud en el terreno policial; aquí, la policía no tiene autoridad moral para protagonizarlos. Por eso Cocodrilos resulta tan potente, pues traslada el género al territorio del periodismo, donde la búsqueda de la verdad se convierte, literalmente, en un acto de resistencia. En un país donde la pluma se enfrenta al plomo, Velazco nos recuerda que cada palabra escrita puede ser igual de peligrosa que un balazo.

Santiago, el fotoperiodista interpretado por Meléndez, se ve sobrepasado por el peso de su investigación. En su intento por continuar el trabajo de su maestra, pronto descubre que la verdad también puede costarle la vida.

El director ha declarado que la historia nace de los sucesos ocurridos en su natal Veracruz, entre 2012 y 2015, cuando fueron asesinados los periodistas Regina Martínez y Rubén Espinosa. Ambos casos fueron archivados con explicaciones oficiales que rozan lo absurdo: se habló de “crímenes pasionales” o de “robos” malogrados. Esa impunidad institucional es la que resuena en Cocodrilos: la periodista Amanda, interpretada por Sánchez, es asesinada, y su caso es rápidamente cerrado bajo el mismo discurso de simulación.

Velazco señala que la misión principal de su película es no normalizar la violencia contra los espadachines de la verdad. Y yo creo que lo logra, pues en la pantalla ésto se traduce en una puesta en escena contenida, sobria, donde el silencio, así como la verdad, se va desentrañando poco a poco.

Velazco no busca el morbo ni la catarsis; filma la impotencia, la herida abierta de un país que ha hecho del miedo una rutina. La cámara, así temblorosa o frágil, nunca deja de grabar, persiste como una luz de fe en medio del horror. 

Si el periodismo es hoy una forma de heroísmo, el cine —cuando se atreve a mirar— se convierte en su espejo. Cocodrilos nos recuerda que la verdad puede morir, pero siempre habrá alguien dispuesto a filmarla de nuevo.

Síguenos en nuestras redes

Categorías
AR7 - Después de la Tormenta Nota

¿Cómo se domestica la libertad?

TESIS SOBRE UNA DOMESTICACIÓN:

¿Cómo se domestica la libertad?

Rocío Muñoz

– Por Rocío Muñoz

Decía el político republicano Charles Evans Hughes que, cuando perdemos el derecho a ser diferentes, perdemos el privilegio de ser libres.

Vivimos en un mundo —y especialmente en una época— donde mostrarse como se es, si no se encaja en la norma, conlleva el riesgo de ser marginado, discriminado y, en el peor de los casos, ultrajado física y emocionalmente. Por eso el ejercicio de la autenticidad, de defender lo genuino, se antoja valiente. Y el éxito de lograrlo, pese a su apariencia de triunfo, también sabe a una libertad que nunca llega a ser completa, pues el temor a que cualquier día la sociedad te diga que tu modelo de vida, que tu cuerpo o tu identidad no son válidos, sigue presente incluso cuando creemos haberlo superado.

De esa libertad, de ese temor y de esa autenticidad habla Tesis sobre una domesticación, el largometraje basado en la novela homónima de Camila Sosa Villada, adaptado al cine bajo la dirección de Javier Van de Couter (Argentina, 1975), quien a su vez firma el guion junto a la propia autora y Laura Huberman.

Sosa Villada también protagoniza esta historia con una presencia y fuerza poderosas, ofreciendo una interpretación intensa y convincente. En ella da vida a una mujer trans —de la que nunca se nos da a conocer el nombre—, actriz reputada y de carácter indomable, que se ha levantado a sí misma en cuerpo y alma y que encuentra el amor en un atractivo abogado homosexual (Alfonso Herrera), con quien iniciará una relación muy carnal que, paso a paso, irá volviéndose más costumbrista.

Desde los primeros compases, Van de Couter define algunos de los elementos vertebrales del film: el uso de encuadres amplios, que enmarcan a la protagonista en entornos delimitados y ahondan en la sensación de enjaulamiento que poco a poco le irá consumiendo; y una puesta en escena minimalista, de aire sofisticado, que contrastará con las escenas rodadas en el pueblo natal del personaje, mucho más árido y sofocante.

El sexo es un elemento capital en el desarrollo de la historia. Mostrado desinhibido y salvaje frente a la cámara, funciona como una herramienta para celebrar el cuerpo, pero también como un método de liberación. Una especie de corte de mangas a su pasado; una reivindicación de que lo que un día fue cárcel hoy es libertad y de que lo que fue espacio de violencia ahora lo es de deseo y placer.

Convertida en un icono de la interpretación, al personaje de Sosa Villada no le falta ni éxito ni aceptación social, alejándose así de las estereotipadas historias marginales que tanto hemos visto ligadas a la identidad trans. No obstante, pese a la seguridad y rebeldía que exterioriza, lo cierto es que el peso de la normatividad la empuja a desear esa aprobación también en lo personal, buscándola en el cumplimiento del canon femenino tradicional: formar una familia.

Para ello, la pareja decide iniciar el proceso de adopción de un niño con VIH, cuya vida está marcada por la tragedia y por el estigma que constantemente le sobrevuela. Entre el menor y ella hay una conexión inmediata. Ambos se reconocen como individuos discordantes frente a la sociedad, señalados y repudiados por prejuicios. Animales heridos que, en distintos planos vitales, buscan encajar en algún lugar.

Sin embargo, lo que en apariencia debería ser un relato idílico de crecimiento personal, pronto se descubre como una trampa social. Al formar una familia, el mundo deja de verte como mujer para verte únicamente como madre. Tu individualidad desaparece, se domestica, opacada por el rol de cuidadora y esposa. Te ves obligada a despojarte del singular para abrazar el plural, y tus anhelos, deseos, ambiciones… dejan de tener cabida.

Las prioridades han cambiado y tú, que llevas toda tu vida luchando por poder ser libre, de pronto te encuentras atrapada en un ático de enormes cristaleras, junto a un hombre sexy, fogoso, que te quiere, y ese hijo por el que tanto has luchado. ¿Cómo te atreves a quejarte?

Tesis sobre una domesticación es una película tan directa como las últimas líneas de este escrito, imperfecta —como cualquiera de nosotros— y nada condescendiente, como la vida misma. Nos recuerda que formar parte de lo normativo no siempre nos da la felicidad, porque al final, la única senda que deberíamos seguir fielmente es aquella que late dentro de nosotras.

Síguenos en nuestras redes

Categorías
AR7 - Después de la Tormenta Nota

Sorda, de Eva Libertad, o cómo aprender desde el privilegio

Sorda, de Eva Libertad,

o cómo aprender desde el privilegio

Rocío Muñoz

– Por Rocío Muñoz

Déjenme plantearles una pregunta: ¿cuál es el motivo por el que les gusta ver películas? Piénsenlo durante unos instantes y luego respondan. ¿Es porque les aportan un buen rato de entretenimiento? ¿Una distracción —y abstracción— de su rutina? ¿Porque les abre las puertas a otros mundos nunca antes explorados? ¿Porque buscan emociones intensas?

Puede que su respuesta sea solo uno de estos supuestos, una mezcla de varios o incluso otra que no he planteado. En cualquiera de ellos, estoy segura de que cuando se enfrentan a la pantalla en negro esperan que el viaje sea fructífero y, una vez concluyan los títulos de crédito, guardar la sensación de que el tiempo invertido ha reportado algo de valor.

Ese, precisamente, es el poso que deja una cinta como Sorda, la ópera prima de Eva Libertad. Un valor incalculable en tanto que ofrece un aprendizaje no tan sencillo de obtener si no fuera por ese arte mágico al que llamamos cine.

Para quien escribe estas líneas, la respuesta a la pregunta que les planteaba al inicio es clara: me gusta ver películas porque muchas de ellas me invitan a explorar y reflexionar sobre realidades y sensibilidades que se me antojan lejanas. En el caso de Sorda, verla me descubrió cosas que nunca antes me había cuestionado y me hizo entender mejor mi privilegio como persona oyente. 

La cinta que protagonizan brillantemente Miriam Garlo —actriz debutante y hermana de la directora— y Álvaro Cervantes es un ejercicio de divulgación desde la verdad más profunda. Ambos dan vida a Ángela y Héctor, una pareja que está a punto de tener a su primera hija. Ella es sorda, él es oyente, y lo que hasta ahora no les había supuesto ningún problema empieza a sentirse más complicado ante los nervios, incertidumbre e inseguridades de formar una familia.

Sorda no es la primera cinta que aborda este tema. Hace seis años Riz Ahmed fue nominado al Óscar a mejor actor por dar vida a un baterista que pierde su capacidad auditiva de manera fulminante en la muy recomendable Sound of Metal (E.E.U.U., 2019). Sin embargo, Sorda sí es la primera película protagonizada por una actriz no oyente, y mientras la cinta de Darius Marder ponía el acento en cómo adaptarse a una discapacidad sobrevenida, Eva Libertad explora cómo se adapta el mundo a quienes no nacen con las mismas capacidades. Y el resultado es desolador.

A través de Sorda tomamos consciencia de lo difícil que se lo ponemos a aquellas minorías que, tan humanos como cualquiera de nosotros, no tienen jamás las mismas oportunidades ni facilidades solo por no ser igual que el resto. Reflexionemos sobre esta frase porque, ¿quién lo es?

Ahí es donde Sorda logra el impacto, porque nos enfrenta a nuestro capacitismo interiorizado, fantásticamente representado en el personaje de Álvaro Cervantes. El actor interpreta a un hombre bueno, enamorado, comprensivo, pero con las limitaciones que su propia realidad le impone. Por muy buena voluntad que tenga, hay cosas que jamás podrá terminar de comprender y también hay reacciones que, pretendiendo ayudar, solo ahondarán más en la sensación de Ángela de no sentirse igual a los demás, de ser forzosamente dependiente.

Sorda plantea un debate que expone las costuras de una sociedad demasiado ensimismada y despreocupada de las realidades ajenas. ¿Puede una relación entre una persona oyente y otra sorda tener futuro? ¿Es suficiente el amor para sobreponerse a todas las diferencias? Preguntas complejas, cuyas soluciones se reconocen igual de complicadas. En la pareja vemos amor —la escena cocinando es una preciosidad—, pero también vemos cómo fuera de su núcleo el camino se llena de incompatibilidades: desde cómo gestionar las reuniones de amigos donde nadie utiliza la lengua de signos hasta cómo abordar la educación de su hija.

La niña, clave central del conflicto, es la grieta por donde se cuelan todos los miedos de Ángela. Ella, en su fuero interno, desea que la niña no nazca oyente para no sentirse descolgada de su vida, para tener una aliada. Él no lo explicita, pero se intuye que no desea que su hija atraviese todas las dificultades vitales de una persona sorda, con el correspondiente agravio para su pareja, que se siente inferior y desplazada.

Cada uno ve la situación acorde a su realidad, y ahí reside otro de los grandes aciertos de la película, que es capaz de no demonizar ninguno de los puntos de vista y hacernos entender a ambos. El último tercio de película está plenamente enfocado a que comprendamos cómo es vivir en la piel de alguien sordo y el trabajo que realiza la directora para ello no solo es efectivo, sino también un golpe que te deja noqueado al terminar la proyección.

Y es que Sorda, que ha sido precandidata por España para la próxima edición de los Oscars, es una película empática, honesta y sobre todo necesaria. Un debut que sabe a buen cine social sin dejar de lado los aspectos técnicos. Uno de los títulos españoles de la temporada y una cinta que nos recuerda por qué nos gusta tanto sentarnos en una butaca.

Síguenos en nuestras redes

Categorías
Nota

Análisis de Eddington: Lo nuevo de Ari Aster.

La Conciencia Caída: Análisis de 'Eddington' en el Universo de Ari Aster.

– por JoshSolana_

 

Para entender la obra de Ari Aster, y en particular su más reciente opus, Eddington, hay que tirar a la basura la simple noción del bien y el mal. ¿Es Eddington un western? ¿Una película de terror? ¿Una sátira social? Podría decirse que es eso y aún más. Sería ridículo no notarlo, pues la nueva película de A24 no es sino la apoteosis de las obsesiones que Aster ha cultivado desde sus inicios.

Esta reseña propone que la clave para decodificar su nueva obra reside en tres núcleos que se entrelazan: la batalla espiritual entre los arquetipos de Lucifer y Ahriman, el ciclo interminable del trauma familiar, y la paranoia infecciosa de la sociedad post-pandemia. Eddington, a través de su cacofonía de personajes, sintetiza estas ideas y, por primera vez, se atreve a proponer un antídoto para la caída: la sanación a través de la conciencia cristalina.

Lee el análisis completo y decodifica la obra de Ari Aster antes de su estreno en todos los cines de México.

Eddington

Eddington, Nuevo Mexico. Mayo de 2020.

Capítulo 1. La guerra de la conciencia.

Los personajes de Aster no son buenos o malos; son campos de batalla. Arena donde combaten dos fuerzas arquetípicas descritas por el filósofo Rudolf Steiner, notablemente a partir de su obra cumbre La Filosofía de la Libertad (1894): Lucifer y Ahriman.

Lucifer es la luz caída. Es el arquetipo de la conciencia femenina en desequilibrio: un exceso de sentimientos, de sacrificio, de un amor que se pudre en el dolor de la inacción. Es el impulso creativo en su forma más pura y egoísta, buscando una libertad auto-centrada. Hedonista hasta la médula. La catarsis floral de Dani, Florence Pugh, en Midsommar es el ejemplo perfecto de este falso despertar.

Florence Pugh en Midsommar

La caída de conciencia femenina personificada. Midsommar (2019)

Del otro lado, está Ahriman que es la sombra que nace de esa luz caída. Es el Satán, la industrialización de la vida, el devorador de mundos. Este es el arquetipo de la conciencia masculina caída: el psicópata, el controlador que vive de datos e información. Ahriman es inorgánico, una máquina que desprecia la vulnerabilidad del sentimiento y anhela el poder por el poder. Todo terrenal, todo mental.

Hereditary by Ari Aster

Qué mejor ejemplo que Hereditary (2018), Ahriman es todo mente, nada de sentimientos, como el culto a Paimon.

En Eddington, esta danza se vuelve explícita. El Sheriff Joe Cross, interpretado por Joaquin Phoenix, es la encarnación de Ahriman: controlador, manipulador y ególatra. Su esposa, la artista Louise Cross, interpretada por Emma Stone, es la manifestación inicial de Lucifer: un ser de profunda sensibilidad, víctima de la opresión y con la energía de su chacra sexual bloqueada. Pero para Aster, el trauma es la gasolina con la que sus personajes avanzan. Y el viaje de esta mujer, desde su parálisis luciférica hacia una posible singularidad, es el verdadero corazón de la película, demostrando que para llegar a la conciencia cristalina, primero hay que atravesar el fuego del Lucifer y el hielo de Ahriman.

Poster Eddington

En Eddington estas caídas de conciencia se volverán más obvias.

Capítulo 2. El ciclo sin fin.

Si la lucha espiritual es la guerra, el campo de batalla es, casi invariablemente, la familia. La filmografía de Aster es una exploración obsesiva de un mismo patrón: padres ausentes o inútiles, madres autoritarias y devoradoras, e hijos que heredan la locura como un testamento envenenado. 

Lo vimos en su corto Herman’s Cure-All Tonic (2009), donde un hijo exprime a su padre. Explotó en Hereditary (2018), donde la madre, Toni Collette, es un epicentro de victimismo y control que tortura psicológicamente a su hijo, Peter Graham. 

Y se volvió una caricatura grotesca en Beau is Afraid (2023), donde el padre es ya explicitamente un pene gigante, pero inactivo y la madre un monstruo del control. Beau Wassermann es el resultado: un ser incapaz de actuar, sumergido en un viaje para demostrar un poder que, francamente no posee.

cortometrajes Ari Aster

Rechazo a la figura paterna, control extremo en la figura materna e hijos, muchas veces, con rasgos psicópatas. 

Eddington refina esta dinámica. El suegro de Joaquin Phoenix, el sheriff anterior, es el padre ausente. La suegra es la madre autoritaria que le recuerda su fracaso e intenta dominar. Joe Cross es la última encarnación en la línea de los hijos atormentados de Aster, un hombre que, incapaz de igualar al padre, hereda la toxicidad y la proyecta sobre su propia familia y comunidad.

Capítulo 3. El espejo roto.

El último núcleo revela cómo Aster proyecta estas batallas sobre el lienzo de nuestro mundo fracturado. En Eddington, nos asigna una posición reveladora: la audiencia es el mendigo con el que la película incia, quizá el personaje más cuerdo del pueblo, quién sabe. Aster nos despoja de poder y nos sienta en la banqueta a observar el desfile de una humanidad que ha perdido el rumbo, sumida en una paranoia febril.

El catalizador de esta locura es el trauma fresco de la pandemia del COVID-19. Eddington es un espejo brutal de la desconfianza, las noticias falsas y el egoísmo que definieron esa era. El Sheriff de Joaquin Phoenix es el paciente cero de esta enfermedad social: el hombre que se niega a usar cubrebocas, que valora su comodidad por encima de la salud comunitaria, que se envuelve en la falsa narrativa de la víctima mientras actúa como victimario. Su manipulación y su empatía fingida no son solo rasgos de un villano; son síntomas de una sociedad rota.

Este mal no se limita al Sheriff. Como su magnífico póster anuncia, todo el pueblo de Eddington es un peñasco resbaladizo donde los personajes se empujan unos a otros hacia el abismo, cada uno atrapado en su propia teoría de la conspiración personal.

eddington poster

Eddington ya está en cines.

Eddington es, quizás, la obra más madura de Aster porque logra tejer estos tres hilos —el esotérico, el psicológico y el sociológico— en una sola narrativa cohesiva. A diferencia de sus trabajos anteriores, que se deleitaban en la desesperación del ciclo, Eddington por primera vez vislumbra una salida. A través de ciertos personajes, nos muestra que es posible alcanzar una conciencia superior, no evadiendo el trauma, sino usándolo como combustible.

Pero de esa conciencia cristalina y sus misterios, hablaremos más a fondo en letterboxd.

Síguenos en nuestras redes

Categorías
Nota

A propósito de 8 (2025) de Julio Medem.

– por JoshSolana_

 

Las vidas de Adela y Octavio se irán cruzando en la nueva cinta de Medem.

El número ocho, representado por dos esferas, ha generado considerable discusión en los últimos meses. Este número encierra un universo profundo, oscilando entre lo terrenal y lo espiritual, la abundancia y la renovación. Es el eco de la perfección cíclica, cuya forma geométrica se asemeja al infinito. La octava sefirá, Hod, simboliza la gloria, la resonancia y la comunicación, así como la capacidad de materializar ideas en el mundo físico. 

Esta conexión entre su significado y su sincronicidad en este preciso momento resuena conmigo. Coincide con el final de la serie Chespirito, el octavo aniversario de Árbol Rojo – Infinito, que bajo aquel lema celebra su trayectoria y su visión del futuro y es también, el título de la película que analizaremos a continuación, 8 de Julio Medem, la cual tuvimos oportunidad de ver en el pasado Festival Internacional de Cine en Guadalajara, el FICG en su edición 40.

Inicia con un 8, el cual inmediatamente después es perforado por dos ombligos, dos mujeres embarazadas están a punto de parir. Una en la ciudad alta y otra en la ciudad baja. El director pide que sintamos la película, que no hagamos caso al pensamiento. Una madre muere, una niña y un niño nacen. Ese es el inicio de una historia que traza un infinito perfecto.

 
Still de la película 8

La guerra civil española es retratada girando al rededor de la vida de los protagonistas.

La historia, que recorre 90 años de una España dividida, flota sobre sus protagonistas, una mujer y un hombre que han estado conectados por el destino. Nacidos el mismo día, paridos por el mismo médico, la vida irá juntándolos en estas sincronías.

Adela (Ana Rujas) es una mujer que crece sin madre y que, desde niña, no se permite llorar. Busca parecer fuerte —o mejor aún serlo—, y en ese intento toma la fuerza de los hombres con los que se involucra sexualmente. Llega incluso a sacrificar su cuerpo con un franquista para que su padre, liberal, pueda leer en la cárcel. Pero es su padre quien mata al padre de él, Octavio (Javier Rey). Y él, a su vez, queda huérfano como ella. Al final, será él quien mate al padre de ella. Así, en un ciclo de espejos y venganzas, la familia española se va mezclando: los que creen estar de un lado terminan del otro. Todo el tiempo. Como si viajaran en una autopista ochistica. 

El director Julio Medem, presentando 8 en el FICG.

Éste es un director que dialoga con la puesta en escena, que saca la cámara del tripie y baila trazando este 8 íntimo. Íntimo como la interpretación que los protagonistas nos regalan, solo hay que pensar en la escena en la cama,  en esa complicidad. Ese nivel de intimidad al que Medem nos arrastra —como si fuéramos parte de ese círculo cerrado que comparten los cuerpos— recuerda inevitablemente a Los amantes del círculo polar. En ambas películas, la geometría no es sólo una forma, es una brújula emocional. Un ocho, un círculo, una elipse, son símbolos que condensan la forma en que el tiempo y el destino se entrelazan. En 8, como en Los amantes…, hay un juego de reflejos, un palíndromo emocional y narrativo que nos recuerda que los encuentros y las pérdidas no son casuales, sino parte de un sistema secreto de simetrías.

Sin embargo, si el guion y la dirección sugieren un infinito, la edición a veces impone límites, puntos finales donde podría haber algo más. Con cortes a blanco y otro tipo de decisiones cuestionables, el director va hilando la historia de amor de Adela y Octavio. A pesar de ello, 8 permanece como una obra ambiciosa y profundamente personal. Una meditación sobre el tiempo, la memoria, la política y el cuerpo. Creo que es inútil comparar el trabajo de un artista con su obra anterior, es absurdista. Sin embargo, la obra de Medem se ha dedicado totalmente a narrar historias con una símil abundante. Es sencillo darse cuenta sobre los temas que le importan al director español. Y gracias a ello podemos ver una evolución o meditación sobre sus obras anteriores, específicamente Los amores… que es con la que más comparte coincidencias.

Still de la película 8

El 8, lo infinito.

Como sugiere la forma misma del número que le da título, 8 no se cierra del todo: retorna. Y en ese regreso encuentra su belleza. No es una película perfecta, pero sí es una película pulsante, que se atreve a orbitar lo íntimo, lo histórico y lo mítico con la misma cámara. Como el círculo polar, como el nombre Otto, como los cuerpos que se encuentran y se pierden. Todo vuelve. Todo se repite. Y todo, de algún modo, se transforma.

Síguenos en nuestras redes

Síguenos en nuestras redes

Categorías
Nota

El FICG por la ciudad: Isleño (2025)

– por JoshSolana_

 

Vista de la terraza del cinépolis de Centro Magno desde el elevador ascendiendo.

Dentro del mar de proyecciones de la pasada edición del Festival Internacional de Cine en Guadalajara, la marea trajo a las costas de Jalisco un documental sobre seis emblemáticas islas del noroeste mexicano, ubicadas a unos cuantos kilómetros de Baja California Sur.

Primero hay que agradecer las funciones del FICG. En esta edición número 40, el festival ofreció una vasta programación: competencias, homenajes, secciones paralelas, series… películas proyectadas en múltiples pantallas a lo largo de la zona metropolitana de Guadalajara. En medio de ese oleaje cinematográfico, el Cinépolis de Centro Magno acogió la segunda función de Isleño, documental de César Talamantes.

Y como digo, vivir una función dentro del FICG  es una experiencia digna de una observación crónica. Para quienes conocen Centro Magno, basta con evocar su techo de cristal, las escaleras doradas, el letrero de neón morado que parece salido de otra época. En la sala 2, entre luces tenues, se proyectó el documental sobre el que gira esta crónica. 

Isleño tuvo su estreno mundial un día antes en la Cineteca FICG. Y es rico, como espectador, el diálogo que estas proyecciones generan entre sus directores y sus consumidores más próximos, y sobre todo los primeros, antes de iniciar la película, una voz nos anuncia que el director tendrá un Q&A al final de la película. 

Mujer con micrófono en la proyección de Isleño.

Es rico el diálogo que estas proyecciones generan entre sus directores y sus consumidores más próximos, y sobre todo, los primeros.

El documental inicia, el viaje que propone es cíclico: se cierra una y otra vez en clímax. Un documental que no sólo abarca historias personales, sino la de comunidades enteras. La edición es notable y la selección de imágenes se siente precisa. Desde una escena tensa dentro de una jaula hasta una red que la cámara persigue por la arena, el director logra sumergirnos y convertirnos, por momentos, en habitantes más de esas islas. Isleños.

La proyección termina. Las luces se encienden, los créditos corren. Voluntarios cargan micrófonos y los prueban con un par de golpecitos. Nosotros, el público, esperamos la aparición de César Talamantes: paceño, flaco, de lentes, rostro sereno. El director toma el micrófono.

César Talamantes

César Talamantes, frente al público.

Empieza contando su roadtrip: esta película es, literalmente, el viaje de un sudcaliforniano que, como ya lo hizo en Los otros californios, vuelve su mirada hacia los habitantes de su tierra. Para Talamantes, los sudcalifornianos son personas que han resistido. Han luchado por habitar un medio hostil: el desierto agreste, la precariedad económica, el aislamiento. Y, pese a todo, han conservado una dignidad profunda. Esa resistencia es lo que documenta en Isleño, al recorrer seis islas del estado donde viven poblaciones que han hecho del mar y la tierra un modo de vida.

 El cine de esta parte del país es difícil de etiquetar, pero hay una palabra que siempre parece regresar: resistencia. Como habitante de la Baja, lo afirmo: nuestros documentales son actos de lucha. Lo son porque capturan un modo de vida que desaparece, migra o resiste. Y ese registro, que es memoria viva, también es patrimonio. Es, como ciertamente dice el director, registro histórico que ahora es patrimonio del país. Así respeta César el documental. Respeto con el que vemos que se aproxima en la narración de su película. Con delicadeza, siendo un testigo nada más, un testimonio. Su fotografía es generosa con el paraíso que retrata. Las islas, —El Pardito, Santa Margarita, San José, Santa Magdalena, Natividad y San Marcos— conforman una curaduría perfecta que, a través del tour guiado en el que seguimos a Talamantes, vamos conociendo la historia de cada una de estas poblaciones, diferentes todas y con heridas particulares. Unas pesqueras, otras mineras, unas que solo sirven para el trabajo, otras con poblaciones fantasma. Pero todas compartiendo la vocación de existir, resistir y habitar.

Isleño participó en el pasado Festival de Cine en Guadalajara en competencia por el Premio Mezcal. César Talamantes es uno de los representantes más importantes de la cinematografía de Baja California Sur y su obra  El pardito (2003), Los otros californios (2008) y ahora Isleño (2025), que es, como bien dice, memoria viva, un registro histórico de la península de baja sur, de su gente y sus pueblos e islas. Habrá que seguir de cerca la carrera de este cineasta paceño.

Isleño habla sobre la resistencia sudcaliforniana.

Síguenos en nuestras redes

Síguenos en nuestras redes

Categorías
Nota

María, la diva bajo el lente de Larraín

– por Joshua Solana

 

María Callas junto a Pier Paolo Pasolini en el rodaje de Medea.

María Callas fue una figura importantísima para el mundo de la ópera, era soprano – no una soprano común, sino dramática de agilidad– y su rango vocal podía navegar entre registros graves, medios y agudos. Directores como Herbert von Karajan y Leonard Bernstein tuvieron la oportunidad de trabajar con La Diva. Poco a poco, a medida que perdía peso – absorbido quizá por el peso que fue acumulando la relevancia del nombre de Diva-, María Callas terminó por perder la voz. Se retiró joven para un soprano, pero eso solo alimenta su leyenda. Su última actuación fue en Tosca, Londres. En 1977, en septiembre, un periodista la buscaría. Con él, María reflexionaría sobre su vida, su carrera y sus años en el retiro. Una semana después, el 16 del mes, el corazón de la soprano dramática de agilidad habría de detenerse. Aquella entrevista, y la semana previa a la muerte de la diva, serán puestos bajo el lente de Pablo Larraín en el cierre de su trilogía conformada por Jackie, Spencer y, ahora, María.

Pablo Larraín vuelve a colaborar con Netflix para llevar a las pantallas de sus más de 200 millones de usuarios una nueva adición a su filmografía y para concluir la trilogía de mujeres poderosas del siglo XX que inició en 2016 con su filme Jackie. Jackie narraba la historia de la primera dama, Jacqueline Kennedy, inmediatamente después del asesinato de su esposo, JKF.  Para 2021, Larraín presentaría en Venezia la segunda parte de su trilogía, Spencer. Esta vez sería el turno de la princesa Diana. Centrándose en el invierno de 1991, donde la princesa tomaría la decisión de separarse de su esposo, el príncipe Charles.

Ahora, 8 años después de presentar la primera parte, el director chileno estrena María, película en la que retrata la que para él habría sido la última semana en la vida de María Callas, la diva de la ópera.

Angelina Jolie interpreta majestuosamente a María Callas.

Para quienes no somos adeptos a la ópera, para aquellos que no crecimos con la costumbre de escucharla o de asistir al teatro a ver estas magnas obras, el término diva nos resultará lejano. Diva es sinónimo de una persona soberbia, arrogante. Pero dentro del mundo de la ópera, diva es aquella artista que goza de fama superlativa, generalmente de voz potente y acompañada de un temperamento fuerte, tanto dentro como fuera del escenario. Es una divinidad, de allí la palabra. Y el estudio de personaje que propone Larraín dentro del filme apunta, en todos los caminos, a que Maria Callas pertenece a esta categoría, sino es que termina por definir lo que una diva es. Desde exigencias superfluas, como la posición de un piano, hasta requerimientos de naturaleza fatídica, como la posposición de estudios médicos, son ejemplos del rango de poder que una diva tiene. 

Y así como hiciese con la princesa de Gales y con la primera dama de los Estados Unidos, el director no busca contar la verdad, esta no es una película del género histórico y mucho menos cabría dentro del realismo del documental. A Pablo Larraín no le interesa narrar con exactitud las últimas horas de la histrionisa, así como hiciera con las historias que narra a través de personajes como Jacqueline Kennedy o Diana Spencer. Sino que toma al personaje y revisita los últimos días, saltando entre momentos clave dentro de la vida de la soprano. Larraín no deja nada bajo la alfombra, dentro de este estudio analiza los sucesos más importantes y las relaciones que permearon en la vida de la estrella. Y quién mejor para interpretar el papel de la diva que Angelina Jolie, quien se sumerge dentro de la imponente Maria Callas. Con una actuación sumamente ensayada, Jolie encarna a la cantante de ópera y pareciera que son una sola. Se dice que la actriz pasó más de 8 meses en clases de canto así como que devoró cuanto material de archivo hubiera de la soprano.

Angelina Jolie junto a Pablo Larraín en el rodaje de María.

Bajo la dirección de Pablo Larraín, María Callas vuelve a la vida. La cantante de ópera llega a través de su música y de su historia para coronarse como una de las mujeres más importantes del siglo XX. Diva de un arte antiguo, Callas conquistó los teatros de Nueva York, Francia e Inglaterra y gracias a la narración tanto visual como literaria que el director chileno ha perfeccionado a lo largo de esta trilogía, se puede ver a una María Callas al desnudo, en la complejidad de un papel que le costó la vida, pero más importante, la voz.

María recién estrena cines y ya está disponible para que te envuelvas en la voz de la soprano dramática de agilidad, La Diva, María Callas.  

María ya está disponible en cines. 

Síguenos en nuestras redes

Categorías
Nota

Anora: Dedicada a todas las trabajadoras sexuales

– por Joshua Solana

 

Anora es la nueva película del director Sean Baker. Fue la ganadora de la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes. Al recoger su premio, el director lo dedicó a “todas las trabajadoras sexuales pasadas, presentes y futuras”. Para nadie fue una sorpresa, Baker ha seguido una línea muy similar a lo largo de su filmografía al enfocarse en personajes marginados, inmigrantes, trans y trabajadoras sexuales. Pero, pese a la admirable dedicatoria, la película del personaje homónimo, Anora, está lejos de representar al sector al que dice reflejar. En realidad, es un relato más amplio sobre el trabajo, sobre aquellos que sostienen la vida cotidiana de los adinerados: los guardaespaldas, las trabajadoras domésticas y la propia Ani. A través de ellos, Baker traza un retrato de las desigualdades que separan a los superricos de quienes trabajan para ellos.

Anora es magistralmente interpretada por Mikey Madison.

Anora, o Ani, como prefiere ser llamada, es una joven trabajadora sexual que pasa sus noches en un club de striptease en Brooklyn. De ascendencia rusa, Ani se convierte en la opción ideal para Ivan ‘Vanya’ Zakharov, un joven nepobaby ruso que no habla inglés. Tras un baile privado y varios encuentros sexuales, Ani descubre el mundo de excesos en el que vive su cliente: una mansión llena de lujos y caprichos financiados por la fortuna de sus padres oligarcas. Entre fiestas, drogas y diversión, Vanya le propone ser su novia por una semana, una oferta que Ani acepta tras negociar su precio. Lo que comienza como un acuerdo termina en matrimonio, pero este cuento de hadas está lejos de tener un final feliz.

Si los primeros 50 minutos son una fantasía hecha realidad para Ani, la segunda mitad de la película se convierte en un martirio. Al enterarse del matrimonio, los padres de Vanya, oligarcas acostumbrados a controlar cada aspecto de su mundo, envían a su hombre de confianza, Toros, a «resolver el problema». Toros delega en Garnick e Igor, dos tipos duros, la misión de retener a la pareja en la mansión. Pero mientras Vanya huye cobardemente, Ani se transforma en un ser salvaje, dispuesta a pelear contra cualquier obstáculo para preservar su matrimonio y su nuevo estatus social. Finalmente, Toros, Garnick, Igor y Anora deben encontrar a Vanya para anular el matrimonio antes de que lleguen sus padres. Durante una larga y fría noche, el cuarteto recorre los antros, bares y clubes de striptease de la ciudad en busca del insolente y caprichoso Vanya.

Pronto, el cuento de hadas de Ani comienza a desmoronarse.

Sean Baker crea una tormenta que se despliega con gran habilidad, entrelazando momentos de ansiedad y desesperación con destellos de comedia. La escena en la que el cuarteto se conoce es particularmente graciosa. Sin embargo, al ser director, escritor y productor, Baker no deja espacio a la exploración profunda de sus personajes. Como AUTOR de la obra, el elenco se vuelve un utensilio más dentro del lienzo del artista. No hay lugar para la exploración; los personajes parecen piezas móviles que solo sirven para hacer avanzar la narrativa. Cada línea de diálogo está al servicio de la historia, sin motivaciones más allá de las superficiales. La actuación es magistral —no quiero que esto se malinterprete—, Mikey Madison y el resto del elenco tienen la difícil tarea de dar vida a personajes bidimensionales.

Del mismo modo que los personajes son solo un medio para llevar adelante la historia, el trabajo sexual que realiza Ani también es solo un vehículo narrativo. Anora es, en esencia, una película sobre la clase trabajadora en general. Ani no es tan distinta a las mucamas que limpian la mansión de Vanya, del gerente del hotel en Las Vegas que atiende al joven mimado, o incluso de Toros, Garnick e Igor. Más que una historia sobre el trabajo sexual, Anora es un relato sobre el trabajo en todas sus formas, las relaciones de intercambio económico y el choque entre dos sectores de la sociedad que rara vez se cruzan.

Anora es un relato sobre el trabajo, las relaciones desiguales de intercambio económico entre clases sociales.

Anora no es la historia de una trabajadora sexual; es un relato sobre las dinámicas de poder que sostienen las vidas de los privilegiados. Sean Baker no decepciona, la experiencia de ver esta película es sumamente enriquecedora. Con momentos tanto graciosos como tensos, el cuento de hadas de Ani es la opción ideal para ir al cine este fin de semana. Además, Anora acaba de ser nominada a 6 premios Oscar, incluidos Mejor Película y Mejor Actriz, lo que subraya aún más su impacto y relevancia en la actualidad. Sin duda, una película que no puedes dejar de ver.

Síguenos en nuestras redes