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Dos fiscales: del sueño idealista a la vigilia del estalinismo

Dos fiscales: del sueño idealista a la vigilia del estalinismo

Rocío Muñoz

– por Por Rocío Muñoz
@Rocio_ML_

 

«Dadme al hombre y yo encontraré el delito». Ambientada en la Gran Purga soviética de 1937, Dos fiscales, primer largometraje de ficción de Sergei Loznitsa y adaptación de la novela homónima de Georgy Demidov, sigue a Alexander Kornev, un joven fiscal que decide denunciar las torturas cometidas por la NKVD (predecesora de la KGB) tras recibir la carta desesperada de un prisionero.

Lo que podría entenderse como una búsqueda de justicia se revela pronto como algo más inquietante: no asistimos a un error del sistema, sino a su correcto funcionamiento. En ese contexto, la pregunta deja de ser qué ocurrirá y pasa a ser cuánto tardará su protagonista en comprenderlo.

Con una fotografía desaturada y planos fijos en formato 4:3, Loznitsa nos encierra junto a Kornev en un entorno opresivo y decadente que inaugura con un plano de dos portones abriéndose, dándonos la bienvenida al horror. A partir de ahí se encadenan los silencios, los pasillos interminables, los espacios inhóspitos… y la frialdad que nos devuelve la pantalla termina generando sensación de asfixia a medida que descubrimos que la ley no parece un refugio, sino una emboscada.

Desde el primer momento el sistema desafía a Kornev. En una de las primeras secuencias es instado a esperar durante horas en un solitario despacho, poniendo a prueba su resistencia y perseverancia, algo que veremos repetirse en más ocasiones. Y casi como si nosotros fuéramos parte de la misma experiencia, el director nos traslada esa espera desesperante en forma de metraje pausado, tedioso por momentos.

Ese ritmo parsimonioso solo se ve alterado por otro de los puntos fuertes de la película: los diálogos. Las largas conversaciones, siempre envueltas en un halo de tensión y desconfianza, son vibrantes y precisas. Especialmente reveladora es una de las dos que tienen lugar en el compartimento de un tren, cuando un anciano mutilado durante la Primera Guerra Mundial narra su encuentro con Lenin y expresa su fe en el «corazón de oro» de Stalin. La reacción de Kornev, que asiste al relato con los ojos cerrados, nos admite sin querer que hay una grieta entre su idealismo y la realidad que tiene de frente.

Otro detalle que tampoco parece casual es cómo, de manera reiterada, se alude a su soltería. En un régimen donde los vínculos personales sirven como mecanismo de control, la ausencia de ataduras convierte a Kornev en una anomalía imprevisible y peligrosa a ojos del sistema, porque solo le debe lealtad a sus ideas. De ahí que la aparición en escena de Andrei Vyshinski, el otro fiscal del título, se sienta como una advertencia sobre la fragilidad de las instituciones cuando la verdad se percibe como amenaza política.

Tras su premiado paso por Cannes y la Seminci, el debut en la ficción de Loznitsa es un sólido heredero de su vertiente documental, manteniendo intacta su afilada mirada sobre las vergüenzas del mundo. Así, Dos fiscales se convierte en el espejo incómodo de un presente donde los autoritarismos resurgen, recordándonos que cuando el Estado se erige como única medida de la moral, la justicia pasa a ser solo el nombre que el verdugo le da a su trabajo.

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Análisis de Eddington: Lo nuevo de Ari Aster.

La Conciencia Caída: Análisis de 'Eddington' en el Universo de Ari Aster.

– por JoshSolana_

 

Para entender la obra de Ari Aster, y en particular su más reciente opus, Eddington, hay que tirar a la basura la simple noción del bien y el mal. ¿Es Eddington un western? ¿Una película de terror? ¿Una sátira social? Podría decirse que es eso y aún más. Sería ridículo no notarlo, pues la nueva película de A24 no es sino la apoteosis de las obsesiones que Aster ha cultivado desde sus inicios.

Esta reseña propone que la clave para decodificar su nueva obra reside en tres núcleos que se entrelazan: la batalla espiritual entre los arquetipos de Lucifer y Ahriman, el ciclo interminable del trauma familiar, y la paranoia infecciosa de la sociedad post-pandemia. Eddington, a través de su cacofonía de personajes, sintetiza estas ideas y, por primera vez, se atreve a proponer un antídoto para la caída: la sanación a través de la conciencia cristalina.

Lee el análisis completo y decodifica la obra de Ari Aster antes de su estreno en todos los cines de México.

Eddington

Eddington, Nuevo Mexico. Mayo de 2020.

Capítulo 1. La guerra de la conciencia.

Los personajes de Aster no son buenos o malos; son campos de batalla. Arena donde combaten dos fuerzas arquetípicas descritas por el filósofo Rudolf Steiner, notablemente a partir de su obra cumbre La Filosofía de la Libertad (1894): Lucifer y Ahriman.

Lucifer es la luz caída. Es el arquetipo de la conciencia femenina en desequilibrio: un exceso de sentimientos, de sacrificio, de un amor que se pudre en el dolor de la inacción. Es el impulso creativo en su forma más pura y egoísta, buscando una libertad auto-centrada. Hedonista hasta la médula. La catarsis floral de Dani, Florence Pugh, en Midsommar es el ejemplo perfecto de este falso despertar.

Florence Pugh en Midsommar

La caída de conciencia femenina personificada. Midsommar (2019)

Del otro lado, está Ahriman que es la sombra que nace de esa luz caída. Es el Satán, la industrialización de la vida, el devorador de mundos. Este es el arquetipo de la conciencia masculina caída: el psicópata, el controlador que vive de datos e información. Ahriman es inorgánico, una máquina que desprecia la vulnerabilidad del sentimiento y anhela el poder por el poder. Todo terrenal, todo mental.

Hereditary by Ari Aster

Qué mejor ejemplo que Hereditary (2018), Ahriman es todo mente, nada de sentimientos, como el culto a Paimon.

En Eddington, esta danza se vuelve explícita. El Sheriff Joe Cross, interpretado por Joaquin Phoenix, es la encarnación de Ahriman: controlador, manipulador y ególatra. Su esposa, la artista Louise Cross, interpretada por Emma Stone, es la manifestación inicial de Lucifer: un ser de profunda sensibilidad, víctima de la opresión y con la energía de su chacra sexual bloqueada. Pero para Aster, el trauma es la gasolina con la que sus personajes avanzan. Y el viaje de esta mujer, desde su parálisis luciférica hacia una posible singularidad, es el verdadero corazón de la película, demostrando que para llegar a la conciencia cristalina, primero hay que atravesar el fuego del Lucifer y el hielo de Ahriman.

Poster Eddington

En Eddington estas caídas de conciencia se volverán más obvias.

Capítulo 2. El ciclo sin fin.

Si la lucha espiritual es la guerra, el campo de batalla es, casi invariablemente, la familia. La filmografía de Aster es una exploración obsesiva de un mismo patrón: padres ausentes o inútiles, madres autoritarias y devoradoras, e hijos que heredan la locura como un testamento envenenado. 

Lo vimos en su corto Herman’s Cure-All Tonic (2009), donde un hijo exprime a su padre. Explotó en Hereditary (2018), donde la madre, Toni Collette, es un epicentro de victimismo y control que tortura psicológicamente a su hijo, Peter Graham. 

Y se volvió una caricatura grotesca en Beau is Afraid (2023), donde el padre es ya explicitamente un pene gigante, pero inactivo y la madre un monstruo del control. Beau Wassermann es el resultado: un ser incapaz de actuar, sumergido en un viaje para demostrar un poder que, francamente no posee.

cortometrajes Ari Aster

Rechazo a la figura paterna, control extremo en la figura materna e hijos, muchas veces, con rasgos psicópatas. 

Eddington refina esta dinámica. El suegro de Joaquin Phoenix, el sheriff anterior, es el padre ausente. La suegra es la madre autoritaria que le recuerda su fracaso e intenta dominar. Joe Cross es la última encarnación en la línea de los hijos atormentados de Aster, un hombre que, incapaz de igualar al padre, hereda la toxicidad y la proyecta sobre su propia familia y comunidad.

Capítulo 3. El espejo roto.

El último núcleo revela cómo Aster proyecta estas batallas sobre el lienzo de nuestro mundo fracturado. En Eddington, nos asigna una posición reveladora: la audiencia es el mendigo con el que la película incia, quizá el personaje más cuerdo del pueblo, quién sabe. Aster nos despoja de poder y nos sienta en la banqueta a observar el desfile de una humanidad que ha perdido el rumbo, sumida en una paranoia febril.

El catalizador de esta locura es el trauma fresco de la pandemia del COVID-19. Eddington es un espejo brutal de la desconfianza, las noticias falsas y el egoísmo que definieron esa era. El Sheriff de Joaquin Phoenix es el paciente cero de esta enfermedad social: el hombre que se niega a usar cubrebocas, que valora su comodidad por encima de la salud comunitaria, que se envuelve en la falsa narrativa de la víctima mientras actúa como victimario. Su manipulación y su empatía fingida no son solo rasgos de un villano; son síntomas de una sociedad rota.

Este mal no se limita al Sheriff. Como su magnífico póster anuncia, todo el pueblo de Eddington es un peñasco resbaladizo donde los personajes se empujan unos a otros hacia el abismo, cada uno atrapado en su propia teoría de la conspiración personal.

eddington poster

Eddington ya está en cines.

Eddington es, quizás, la obra más madura de Aster porque logra tejer estos tres hilos —el esotérico, el psicológico y el sociológico— en una sola narrativa cohesiva. A diferencia de sus trabajos anteriores, que se deleitaban en la desesperación del ciclo, Eddington por primera vez vislumbra una salida. A través de ciertos personajes, nos muestra que es posible alcanzar una conciencia superior, no evadiendo el trauma, sino usándolo como combustible.

Pero de esa conciencia cristalina y sus misterios, hablaremos más a fondo en letterboxd.

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A propósito de 8 (2025) de Julio Medem.

– por JoshSolana_

 

Las vidas de Adela y Octavio se irán cruzando en la nueva cinta de Medem.

El número ocho, representado por dos esferas, ha generado considerable discusión en los últimos meses. Este número encierra un universo profundo, oscilando entre lo terrenal y lo espiritual, la abundancia y la renovación. Es el eco de la perfección cíclica, cuya forma geométrica se asemeja al infinito. La octava sefirá, Hod, simboliza la gloria, la resonancia y la comunicación, así como la capacidad de materializar ideas en el mundo físico. 

Esta conexión entre su significado y su sincronicidad en este preciso momento resuena conmigo. Coincide con el final de la serie Chespirito, el octavo aniversario de Árbol Rojo – Infinito, que bajo aquel lema celebra su trayectoria y su visión del futuro y es también, el título de la película que analizaremos a continuación, 8 de Julio Medem, la cual tuvimos oportunidad de ver en el pasado Festival Internacional de Cine en Guadalajara, el FICG en su edición 40.

Inicia con un 8, el cual inmediatamente después es perforado por dos ombligos, dos mujeres embarazadas están a punto de parir. Una en la ciudad alta y otra en la ciudad baja. El director pide que sintamos la película, que no hagamos caso al pensamiento. Una madre muere, una niña y un niño nacen. Ese es el inicio de una historia que traza un infinito perfecto.

 
Still de la película 8

La guerra civil española es retratada girando al rededor de la vida de los protagonistas.

La historia, que recorre 90 años de una España dividida, flota sobre sus protagonistas, una mujer y un hombre que han estado conectados por el destino. Nacidos el mismo día, paridos por el mismo médico, la vida irá juntándolos en estas sincronías.

Adela (Ana Rujas) es una mujer que crece sin madre y que, desde niña, no se permite llorar. Busca parecer fuerte —o mejor aún serlo—, y en ese intento toma la fuerza de los hombres con los que se involucra sexualmente. Llega incluso a sacrificar su cuerpo con un franquista para que su padre, liberal, pueda leer en la cárcel. Pero es su padre quien mata al padre de él, Octavio (Javier Rey). Y él, a su vez, queda huérfano como ella. Al final, será él quien mate al padre de ella. Así, en un ciclo de espejos y venganzas, la familia española se va mezclando: los que creen estar de un lado terminan del otro. Todo el tiempo. Como si viajaran en una autopista ochistica. 

El director Julio Medem, presentando 8 en el FICG.

Éste es un director que dialoga con la puesta en escena, que saca la cámara del tripie y baila trazando este 8 íntimo. Íntimo como la interpretación que los protagonistas nos regalan, solo hay que pensar en la escena en la cama,  en esa complicidad. Ese nivel de intimidad al que Medem nos arrastra —como si fuéramos parte de ese círculo cerrado que comparten los cuerpos— recuerda inevitablemente a Los amantes del círculo polar. En ambas películas, la geometría no es sólo una forma, es una brújula emocional. Un ocho, un círculo, una elipse, son símbolos que condensan la forma en que el tiempo y el destino se entrelazan. En 8, como en Los amantes…, hay un juego de reflejos, un palíndromo emocional y narrativo que nos recuerda que los encuentros y las pérdidas no son casuales, sino parte de un sistema secreto de simetrías.

Sin embargo, si el guion y la dirección sugieren un infinito, la edición a veces impone límites, puntos finales donde podría haber algo más. Con cortes a blanco y otro tipo de decisiones cuestionables, el director va hilando la historia de amor de Adela y Octavio. A pesar de ello, 8 permanece como una obra ambiciosa y profundamente personal. Una meditación sobre el tiempo, la memoria, la política y el cuerpo. Creo que es inútil comparar el trabajo de un artista con su obra anterior, es absurdista. Sin embargo, la obra de Medem se ha dedicado totalmente a narrar historias con una símil abundante. Es sencillo darse cuenta sobre los temas que le importan al director español. Y gracias a ello podemos ver una evolución o meditación sobre sus obras anteriores, específicamente Los amores… que es con la que más comparte coincidencias.

Still de la película 8

El 8, lo infinito.

Como sugiere la forma misma del número que le da título, 8 no se cierra del todo: retorna. Y en ese regreso encuentra su belleza. No es una película perfecta, pero sí es una película pulsante, que se atreve a orbitar lo íntimo, lo histórico y lo mítico con la misma cámara. Como el círculo polar, como el nombre Otto, como los cuerpos que se encuentran y se pierden. Todo vuelve. Todo se repite. Y todo, de algún modo, se transforma.

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El FICG por la ciudad: Isleño (2025)

– por JoshSolana_

 

Vista de la terraza del cinépolis de Centro Magno desde el elevador ascendiendo.

Dentro del mar de proyecciones de la pasada edición del Festival Internacional de Cine en Guadalajara, la marea trajo a las costas de Jalisco un documental sobre seis emblemáticas islas del noroeste mexicano, ubicadas a unos cuantos kilómetros de Baja California Sur.

Primero hay que agradecer las funciones del FICG. En esta edición número 40, el festival ofreció una vasta programación: competencias, homenajes, secciones paralelas, series… películas proyectadas en múltiples pantallas a lo largo de la zona metropolitana de Guadalajara. En medio de ese oleaje cinematográfico, el Cinépolis de Centro Magno acogió la segunda función de Isleño, documental de César Talamantes.

Y como digo, vivir una función dentro del FICG  es una experiencia digna de una observación crónica. Para quienes conocen Centro Magno, basta con evocar su techo de cristal, las escaleras doradas, el letrero de neón morado que parece salido de otra época. En la sala 2, entre luces tenues, se proyectó el documental sobre el que gira esta crónica. 

Isleño tuvo su estreno mundial un día antes en la Cineteca FICG. Y es rico, como espectador, el diálogo que estas proyecciones generan entre sus directores y sus consumidores más próximos, y sobre todo los primeros, antes de iniciar la película, una voz nos anuncia que el director tendrá un Q&A al final de la película. 

Mujer con micrófono en la proyección de Isleño.

Es rico el diálogo que estas proyecciones generan entre sus directores y sus consumidores más próximos, y sobre todo, los primeros.

El documental inicia, el viaje que propone es cíclico: se cierra una y otra vez en clímax. Un documental que no sólo abarca historias personales, sino la de comunidades enteras. La edición es notable y la selección de imágenes se siente precisa. Desde una escena tensa dentro de una jaula hasta una red que la cámara persigue por la arena, el director logra sumergirnos y convertirnos, por momentos, en habitantes más de esas islas. Isleños.

La proyección termina. Las luces se encienden, los créditos corren. Voluntarios cargan micrófonos y los prueban con un par de golpecitos. Nosotros, el público, esperamos la aparición de César Talamantes: paceño, flaco, de lentes, rostro sereno. El director toma el micrófono.

César Talamantes

César Talamantes, frente al público.

Empieza contando su roadtrip: esta película es, literalmente, el viaje de un sudcaliforniano que, como ya lo hizo en Los otros californios, vuelve su mirada hacia los habitantes de su tierra. Para Talamantes, los sudcalifornianos son personas que han resistido. Han luchado por habitar un medio hostil: el desierto agreste, la precariedad económica, el aislamiento. Y, pese a todo, han conservado una dignidad profunda. Esa resistencia es lo que documenta en Isleño, al recorrer seis islas del estado donde viven poblaciones que han hecho del mar y la tierra un modo de vida.

 El cine de esta parte del país es difícil de etiquetar, pero hay una palabra que siempre parece regresar: resistencia. Como habitante de la Baja, lo afirmo: nuestros documentales son actos de lucha. Lo son porque capturan un modo de vida que desaparece, migra o resiste. Y ese registro, que es memoria viva, también es patrimonio. Es, como ciertamente dice el director, registro histórico que ahora es patrimonio del país. Así respeta César el documental. Respeto con el que vemos que se aproxima en la narración de su película. Con delicadeza, siendo un testigo nada más, un testimonio. Su fotografía es generosa con el paraíso que retrata. Las islas, —El Pardito, Santa Margarita, San José, Santa Magdalena, Natividad y San Marcos— conforman una curaduría perfecta que, a través del tour guiado en el que seguimos a Talamantes, vamos conociendo la historia de cada una de estas poblaciones, diferentes todas y con heridas particulares. Unas pesqueras, otras mineras, unas que solo sirven para el trabajo, otras con poblaciones fantasma. Pero todas compartiendo la vocación de existir, resistir y habitar.

Isleño participó en el pasado Festival de Cine en Guadalajara en competencia por el Premio Mezcal. César Talamantes es uno de los representantes más importantes de la cinematografía de Baja California Sur y su obra  El pardito (2003), Los otros californios (2008) y ahora Isleño (2025), que es, como bien dice, memoria viva, un registro histórico de la península de baja sur, de su gente y sus pueblos e islas. Habrá que seguir de cerca la carrera de este cineasta paceño.

Isleño habla sobre la resistencia sudcaliforniana.

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Los Habitantes

LOS HABITANTES

 – Por Samuel Sánchez

La ópera prima del director Homero Bueno busca plasmar el terror psicológico y suspenso como elementos unificados para contar las adversidades que un ser humano vive cuando se encuentra en un proceso de superación personal, que puede entenderse con la concepción de una misma persona carga cadenas de su pasado y de esa misma manera no ser consicente que está llevando a cabo esta metamorfosis de superación y en el mismo trance poder vivir una crisis existencial, donde la noción de lo terrenal se desvanece, al proseguir el duelo del trauma que con mayor frecuencia se manifiesta sin ser deseado como un fantasma atormentado. 

Los Habitantes (2023) nos expone cómo el terror puede ser apreciado en cualquier estado de la república mexicana, al seguir la historia de Emiliano, un hombre de familia que vuelve a Monterrey para crecer su negocio y darle una mejor calidad de vida a su familia; dentro de dicha psique de tener una vida perfecta, Emiliano afrontar las secuelas de haber tenido un accidente 4 años atrás, dando paso a una cadena de eventos que lo llevarán al límite de la locura por tener que lidiar con los fantasmas de su nueva vida. En lo que parece ser una nueva oportunidad de crecimiento, existe un trasfondo tenebroso que busca salir a la luz, Emiliano, aunque aparenta tener todo bajo control, en su inconsciente guarda lo que puede ser una presencia tenebrosa que busca atormentarlo en su nuevo hogar, convirtiéndose en un impedimento para que él tenga una clara noción de la realidad.

El largometraje filmado al norte de la república demuestra como el mexicano en su realización, cuenta con un lenguaje narrativo enriquecedor que permite generar un ambiente terrorífico tanto en espacios amplios como reducidos, causando en la audiencia una sensación de persecución paranormal sin tener claro el por qué dicha figura busca atormentan a un hombre, que lo único que parece que haber hecho en su vida es tener un estándar de calidad y beneficiar a todos sus seres queridos a su alrededor.

La premisa se presenta como una película de terror convencional, un conocido entendimiento colectivo que existen presencias paranormales que atormentan a los nuevos habitantes de una casa, sin embargo al avanzar la trama el director nos hace replantearnos qué estamos viendo: llega un momento donde el espectador ya no sabe a ciencia cierta qué es lo que le está pasando al personaje de Emiliano, porque por un lado creemos que existen espíritus en la casa que buscan trastornan su mente por un intento de venganza para un alma torturada, pero por el otro lado nos encontramos ante un ser humano que está develando sus traumas para poder lidiar con una atrocidad que hizo en el pasado la cual no deseo en lo absoluto que ocurriera.

La película genera un cuestionamiento al público de qué realidad está viendo, porque en un inicio se dan los indicios que el personaje acabará torturado por entidades que se nutren de su miedo, pero no obstante por cada nueva pista que va recolectando Emiliano, nos damos cuenta que tal vez lo que está viendo es más su arrepentimiento. Es ahí donde la historia puede ser un momento decisivo para el espectador, este cambio radical de suspenso al terror psicológico, de cierta manera causó un estrago por definir qué es lo que se está viendo. En el pasado han existido películas como Los Otros (2001) donde sí han ocurrido estos giros de tono, pero no necesariamente este estilo queda con toda historia. Es un claro ejemplo que un largometraje que tiene una extraordinaria realización, pero necesita solidificar más el argumento central para que en el momento que se hiciera este cambio, se sintiera más orgánico y no tan abrupto.

 

Un elemento destacable del proyecto es su fotografía y sonido, en específico los planos iniciales transportándonos a un sombrío Monterey, el montaje logra construir un aura de verdadero terror con movimientos de cámara, varios puntos de esta ciudad norteña. Sin ser intención del autor, logró construir de forma referencial la fotografía de John Alcott en El Resplandor (1980) donde los movimientos de cámara área que se plantean, sirven para indicarnos hacia dónde va el tiro, causando una incertidumbre de no conocer si el lugar donde se dirige el movimiento pone en peligro al personaje o es meramente una introducción terrorífica al entorno donde se va desarrollar la trama.

Se le puede considerar un largometraje de verse una sola vez, al ser esta trama que, al conocer su resultado, volverla a ver, no causa la misma intriga o despertar por ver nuevamente un momento clave donde el espectador diga: “claro ahí me dieron todas las pistas”. Sin embargo, debemos estar atentos al nuevo trabajo del director Homero, entiendo que esta es su ópera prima, puede llegar a tener en un futuro un lenguaje audiovisual que establezca un estándar en México, donde los realizadores somos capaces de generar terror de una forma que el resto del mundo no podrá tener, por nuestro acercamiento y aceptación a la muerte.

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Enseñar a imaginar

Enseñar a imaginar

ENSEÑAR A IMAGINAR

 – Por Mauricio Orozco

Cuando pensamos en nuestros profesores y profesoras, normalmente nos imaginamos las aulas en las que pasamos gran parte de nuestras vidas y en donde tuvimos experiencias inolvidables . La propia palabra “profesor” nos remite a una autoridad académica que “sabe más que nosotros” y que nos instruirá sobre algún elemento que nos ayudará a lidiar con la vida en diferentes niveles. Sin embargo la actividad de enseñanza se ha ampliado radicalmente con los años, gracias a los cambios en nuestros procesos de aprendizaje y nuestros hábitos de consumo, pero principalmente a nuestros deseos naturales por compartir nuestro conocimiento con los demás.

La labor de un profesor no se debe limita a “educar”, debe ir más allá de esa figura plana que cumple como mediador entre el conocimiento y los que desean conocer. Debe ser un guía que aprende junto a su alumnado, porque es un proceso recíproco que no termina nunca y que, invita a descentralizar esa palabra, “profesor”, para sacarlo de las aulas tradicionales.

En mi experiencia particular he dedicado una decena de años estudiando el cine desde lo más básico hasta niveles que aún me siguen sorprendiendo, y fue gracias a eso donde me di cuenta que el arte es más que un pasatiempo, más que un medio de encuentro, más que un mero acto.

A partir de este acercamiento con el arte, desde una revisión y comprensión novedosa, me encontré explicaciones del mismo que se asemejaban más hacia actos filosóficos que audiovisuales. Eso me llenó de mucha ilusión, porque comencé a valorar los grandes clásicos del cine como aquellos poderosos momentos de creación en donde los autores de esas piezas seguro habían llegado a planteamientos que el espectador común no nota, como si viniesen encriptados para de esa forma develar secretos ante los ojos más sensibles y críticos. 

Llevo cinco años como docente de diferentes áreas del cine y el arte, y me he desarrollado como un fervoroso creyente de que el conocimiento está en todos lados y que no hay una limitante que le robe la originalidad a la creación, por el simple hecho de que una pieza de arte es el cúmulo de todas aquellas breves reflexiones que se abren frente al cuestionamiento directo y empírico. Por ello es que este texto lo dedico a todas y a todos aquellos personajes que no necesariamente tuvieron que estar parados frente a un salón de clases, sino que hicieron de la pantalla de cine una pizarra interactiva con la que podemos aprender alimentados de la imaginación y el deseo. 

Esto es un agradecimiento para quienes han hecho del cine una pantalla de enseñanza, que la han convertido en un medio de interacción que desdibuja las limitaciones del sistema educativo y las propulsa a manera de nuevas metodologías de enseñanza sobre la vida misma. Personalmente no logro imaginar un mundo en el que el cine no pueda ser un escaparate de conocimiento, por medio de un desarrollo tan libre que logra que afloren experiencias que no encontramos en las ciencias exactas, o que vienen limitadas en las ciencias sociales. 

Convirtamos esto en un reconocimiento a la hermosa manera en que Agnès Varda nos invitó a repensar nuestra forma de mirar la cotidianidad, esa manera revolucionaría en otorgarle intimidad a la cámara para explorar nuestras relaciones. Va dedicado a los personajes de Federico Fellini que nos enseñaron que la diversidad social es el fruto de la amplitud de un grupo de personas que se complementan desde sus aflicciones y dolores. Es un agradecimiento a la lucidez con la que Carl Th. Dreyer logró plasmar su existencialismo religioso a partir de alegorías. Damos una ovación a la exploración de la cotidianidad desde el imaginario de Lucrecia Martel que nos devolvió la esperanza en la descentralización de historias homogéneas. Visualizo lo insípido de no poder explorar el mundo sin revisar las fracturas sociales en las viñetas crudas de Arturo Ripstein o en las enternecedoras relaciones que se gestan en las películas de Claire Denis. Me cuesta pensar en no tener un cine que te enseñe a entender tus propias emociones como lo hace Wong Kar Wai o Sofia Coppola con sus historias universales y sus personajes llenos de complejidad. 

Celebremos a aquellas personas que se han vuelto los cánones de una industria, enfoquémonos en aplaudir el trabajo de cineastas que emergen y llenan la pantalla con su juventud y sus reconversiones que permiten un proceso evolutivo del modo en que pensamos.

La enseñanza ya no se limita a un salón de clases con una pizarra al frente, se ha extendido a todas aquellas plataformas que nos van develando universos ajenos que permiten comprensión, empatía, desarrollo de emociones y sobre todo un placer por nunca perder el deseo de explorar. Es ahí donde el arte cumple un papel importante en nuestra interacción con el mundo, y en donde yo he sabido encontrar otro tipo de materiales de enseñanza y personajes, que quizás nunca conoceré en persona, pero que les considero como mis grandes guías de vida.

Ésta es mi carta de amor a toda esa devoción materializada en imágenes y sonidos para los personajes que han hecho de la pantalla una experiencia estudiantil, ya que el mejor homenaje que podemos hacer a sus formas y productos de enseñanza es tratar de incorporar aquello que nos alude a mejorar en lo individual para ser parte de ese grupo más amplio que llamamos sociedad, por medio de proyecciones metafóricas que motivan esos deseos de aprehensión, incluso en los momentos de tan poca estabilidad colectiva.

Muchas gracias a todas y a todos los que hacen del cine una extensión deseosa de nuestra necesidad por aprender y conocer.

Muchas gracias grandes maestras y maestros por hacer del cine un salón de clases.

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A propósito de Ripstein

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A PROPÓSITO DE RIPSTEIN

 – Por Nallely García
@eco_salvaje

A propósito de Ripstein hablemos del deseo, la moral, la miseria y la perversión. 

Primero, despidámonos de la falsa moralidad que es más peligrosa que el mal que descalifica. Estemos dispuestos a abrirnos a nuestros deseos reprimidos y mirar la actitud de los personajes como un posible reflejo de nuestro interior. Hablemos de lo innombrable, de la obscuridad que habita en cada uno de nosotros y dejemos que el cine de Arturo Ripstein nos guíe con su honestidad, la desgarradora realidad que su cine revela. 

Como en el laberinto de Octavo Paz, Ripstein arma un rompecabezas a lo largo de su obra, desarticulando en varias piezas la idiosincracia mexicana, enfatizando las contradicciones sociales; sin caer en la pornomiseria, que retrata al espectador una realidad “lejana” a la suya, incentivando al prejuicio y volviendo objeto de consumo la precariedad del otro. Ripstein nos adentra en contextos ordinarios, con personajes comunes, víctimas de sí mismos que alcanzan un destino trágico por el descontrol o la opresión de sus instintos naturales. Algunos, prisioneros de una inalcanzable “estabilidad”; estancados entre el falso privilegio y la incapacidad del desarrollo, y otros sobreviviendo con la mayor dignidad que se les permite. 

Gabriel (El Castillo de la Pureza, 1972) es ejemplo de la moral descoyuntada del ser humano y el peligro de sentirse con derecho sobre la vida del otro. Gabriel, con la justificación de proteger a su familia de la perdición social, los priva de contacto con el exterior durante 18 años, adoctrinándolos con una estricta rectitud ética, que oculta su propia depravación. Gabriel, es la contradicción del hombre en toda su extensión, a diferencia de lo que dicta a su familia es : mentiroso, misógino y perverso; la somete a lograr el camino de “pureza” que él no ha podido alcanzar y con la mínima “desviación” de este camino, descarga su ira sobre ellos. 

Matea (La viuda negra, 1977) despierta los prejuicios de un pueblo pequeño, que recela su llegada y su relación con el cura del pueblo. El pueblo, recurrente personaje de Ripstein, advierte el riesgo de la presión social y el catastrófico fin del individuo en quien recae el juicio colectivo. Matea simboliza lo desconocido, amenazando las formas preestablecidas del pueblo, quien percibe como adversario a cualquiera que no sea un arquetipo de su realidad; llegando a altos niveles de violencia para garantizar su status quo. Matea es sometida a violencia física, pero sobre todo psicológica, desencadenando con la muerte del cura que la protege, y la cordura de ella.

Don Alejo (El lugar sin límites 1978) gobernador del pueblo, es una prueba de la dictadura perfecta mexicana, nombrada por Vargas Llosa en los 90’s; camuflado totalitarismo e hipócrita democracia, que evita la rebelión y garantiza su permanencia por su aparente consideración a los individuos del pueblo. Timando a los pobladores con la ilusión de seguridad y atención, los deja vulnerables a su violenta realidad. Pancho, prisionero de su propio atavismo y del pueblo, termina descargando su frustración y deseos reprimidos en La Manuela, que le despierta su verdadera naturaleza. El pueblo, legitima la violencia de Pancho a través de su indiferencia e incentiva el sistema de opresión, dominando al otro antes que a uno mismo.

Coral y Nicolás (Profundo Carmesí, 1996) a diferencia de los demás personajes no huyen de sus deseos y sacian su obsesión a costa de lo que sea. Personajes comunes con una vida tolerable pero insatisfecha; se vuelven cómplices en el progresivo descontrol de sus deseos descoyuntados. Nicolás, incentivado por la vanidad y el dinero, engaña a mujeres solas en busca de compañía; en el camino se encuentra a Coral, quien a cambio de la aceptación y permanencia de Nicolas, tolera sus transgresiones al extremo de excederlas para asegurar su “amor”. Ambos pierden completamente la perspectiva, normalizando la violencia a sus crecientes víctimas; siendo la complicidad su único y más fuerte lazo de unión. 

Su obra es directa, fuerte y lista para expresar los dolores humanos. Arturo Ripstein hurga en la miseria social, poniendo rostro y nombre a la decadencia moral; sin ningún tapujo explora las perversiones de sus personajes, llevándolos a lo más bajo de sus instintos naturales y con una mirada ni compasiva ni punitiva, muestra la crudeza de la realidad de la que todos somos parte. 

Ilustraciones de @eco_salvaje 

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